Acabo de ver un video del Partido Popular español. El título, sutil como un ladrillazo: “República Dominicana, la isla de la corrupción”. Un desfile de nombres de políticos españoles en pantalla, mientras una música grave anuncia el apocalipsis moral. El tono, ese de quien acaba de descubrir la pólvora: indignado, solemne, irrebatible. Pero, como diría un expresidente dominicano: ¿Cuál corrupción?
Corrupción, dicen. Lo repiten con una seguridad envidiable. Lo enuncian con la certeza de quien nunca ha visto un sobre pasar de mano en mano, de quien jamás ha escuchado una conversación en un reservado, de quien cree que Suiza es solo un destino de esquí. Lo dicen con el asombro del turista recién aterrizado, como si en España no existieran la Gürtel, los ERE de Andalucía, la Kitchen, Bárcenas, Rato y compañía. Como si Madrid, Valencia o Cataluña fueran cátedras de honestidad y no cunas de aeropuertos sin aviones, trenes sin pasajeros y contratos inflados a golpe de amiguismo.
No sé si lo de algunos españoles es verdad o mentira. Lo que sí sé es que, desde que Cristóbal Colón puso un pie en esta isla, han llegado españoles trabajadores, emprendedores, creadores de empleo. Y sí, también algunos políticos —de aquí y de allá— con menos escrúpulos y más bolsillos amplios. Pero si algún político español ha encontrado en esta isla un refugio dorado para su fortuna poco decorosa, ¿es culpa de la isla? ¿O de la transparencia española, tan robusta como un castillo de naipes?
Por eso, agradezco la disculpa del presidente español. Porque aquí empezó el sueño de España de ampliar sus fronteras. Porque si algo sabemos en esta pequeña tierra es recibir, con cortesía y con memoria. Y, sobre todo, con una sonrisa. De esas que esconden lo que realmente pensamos.