Desde hace décadas, la política en la República Dominicana es un ciclo inmutable de promesas y desencantos. En cada elección – un hombre– se alza con la bandera del cambio, de la transformación, de la ruptura con un pasado que nunca termina de irse del todo. Y, sin embargo, cuando la euforia se apaga, cuando las primeras piedras de los proyectos emblemáticos son colocadas para nunca más moverse, cuando el poder ya no es un sueño sino una carga, la historia se repite: empieza el relevo político.
Luis Abinader llegó con la promesa de limpiar la casa. Se vendió como el presidente de la transparencia, el reformador, el que desmantelaría la vieja estructura de corrupción. En sus primeros años, lo intentó. Convirtió los tribunales en independiente en aplicar justicia, puso a exministros tras las rejas, hizo que la palabra “impunidad” dejara de ser un dogma. Pero el poder es paciente, más paciente que cualquier presidente, y hoy más que nunca su mejor campaña para que su partido permanezca en el poder es seguir la ruta de la transparencia y de la justicia independiente.
Porque el poder no se ejerce desde la moral, sino desde la supervivencia.
Y Abinader lo ha aprendido. No hay presidente que no haya mirado a su alrededor, en la de su despacho, y haya sentido el peso de las promesas incumplidas. La diferencia entre un estadista y un político es la conciencia de su propio desgaste. Gobernar es entender que cada decisión es un pacto con el tiempo y que, tarde o temprano, todos los pactos se rompen.
El 27 de febrero de este 2025 marcará el inicio de la última fase de Abinader en el poder. No será un día como cualquier otro. Será el primer día del camino al final. Porque en la política, la despedida empieza mucho antes de que el último discurso se pronuncie.
Con cada minuto que pase después de su rendición de cuentas, Abinader perderá control sobre su propio gobierno. Lo que hoy se le debe, mañana será olvidado. Lo que hoy es fidelidad, mañana será pragmatismo. Porque en este país, el que deja de ser útil en el poder deja de existir.
El PRM, el partido que lo llevó al poder se convertirá en su primer adversario. Todos querrán su silla, todos pelearán por su herencia. La pregunta no será si el PRM continuará en el poder, sino quién se quedará con los pedazos más grandes.
El fin del poder es un proceso silencioso. Empieza con una llamada que no se devuelve. Con un aliado que ya no contesta. Con una reunión en la que las sillas empiezan a vaciarse. Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo saben: el presidente ya no es el centro de gravedad del poder porque es el presente, el futuro está sentado en otra silla articulando su proyecto de poder, sentándose con los síndicos, los senadores y los diputados y los empresarios.
Si Abinader quiere controlar su sucesión, tendrá que jugar la única carta que le queda: convertirse en el arquitecto de su propia retirada. Sostener el andamiaje sin que colapse. No basta con ser presidente; tendrá que ser el líder de la transición, porque en el poder, hay que saber bajar de él, para que su salida después que no este, no le sea traumática, cuando ya no sea el inquilino principal del Palacio Nacional.
Porque en la República Dominicana, el poder no se gana, se administra. Y en el último tramo, se negocia.
En el ajedrez de la sucesión hay nombres que suenan con la fuerza de la esperanza:
David Collado, el tecnócrata de rostro pulcro que se ha mantenido al margen de la guerra, pero que las encuestas lo colocan siempre en la delantera. Un hombre que aprendió a construir su imagen sin pisar demasiado fuerte, sin hacer demasiado ruido. Un pragmático con el olfato de quien entiende que el poder se construye más con silencios que con estridencias.
Carolina Mejía, la hija del último hombre que perdió el poder con estrépito y que ahora encarna la estabilidad de un apellido con historia. Su figura es un recordatorio de que, en la política dominicana, los nombres pesan tanto como las ideas.
Raquel Peña, la vicepresidenta que ha sabido jugar su papel con discreción, sin incomodar, sin brillar demasiado. Un símbolo de continuidad, pero también de equilibrio.
Y Guido Gómez Mazara, que ahora tendrá que jugar no con el corazón, ni por sus amigos, sino con la destreza de avanzar para recuperar todo lo que le han quitado por un error de su juventud y por no tener una cabeza fría al lado que lo aconseje a decir que no cuando las circunstancia lo amerite, pero está ahora en el carril de consolidarse.
Pero la política no es una sumatoria de nombres, sino de equilibrios. No basta con tener un candidato fuerte; hay que garantizar que la estructura no se fracture.
Si el PRM quiere mantenerse en el poder, su estrategia deberá ser quirúrgica. Collado a la presidencia, Mejía a la vicepresidencia, Peña al Senado por Santiago, Eduardo Sanz Lovatón Senador, asegurando la capital, Guido Gómez Mazara conteniendo la inevitable tormenta interna. Un pacto de estabilidad antes de que la guerra interna haga estallar el proyecto del PRM.
Porque el verdadero enemigo del PRM no es el PLD ni la Fuerza del Pueblo. El enemigo es el propio PRM.
Leonel Fernández lo ha visto todo antes. Ha aprendido que la política es un juego de resistencia. Que el que se mueve demasiado rápido se quema. Que el que ataca demasiado pronto se desgasta.
Por eso observa. Por eso espera.
Sabe que el PRM está en una encrucijada. Si logra una transición ordenada, si consigue un candidato fuerte y una estructura cohesionada, el 2028 será una batalla difícil para él. Pero si el PRM se fractura, si la sucesión se convierte en un campo de guerra, si la ambición individual supera la lógica colectiva, entonces su oportunidad de volver a la presidencia resurgirá sola.
Mientras tanto, su hijo Omar empieza a moverse en la sombra. No es un candidato aún, pero su nombre está en la conversación. Su apellido pesa. Su juventud atrae. Pero la política es cruel con los herederos. Porque el poder no se hereda, se conquista.
El PLD, mientras tanto, sigue en ruinas. No ha logrado levantarse del golpe de 2020. No tiene un líder claro, no tiene un discurso que lo reactive. Sobrevive en la memoria de quienes lo vieron reinar, pero en política, la nostalgia no es suficiente.
Francisco Javier García intentará rescatarlo, pero sabe que el PLD no tiene un 2028 claro. Tendrá que esperar.
Pero el 2028, será la gran incógnita en el país, un nuevo presidente tomará posesión. Podrá llamarse Collado, Fernández, Mejía o cualquier otro que logre imponerse en la batalla. Pero cuando cruce las puertas del Palacio Nacional, cuando se siente en el mismo escritorio donde han estado todos sus predecesores, descubrirá la verdad inmutable:
No es el presidente quien cambia el país. Es el país quien cambia al presidente.
Descubrirá que gobernar no es administrar proyectos ni inaugurar carreteras. Es negociar con intereses, apaciguar egos, sostener equilibrios precarios.
Que cada reforma tendrá un costo. Que cada aliado podrá convertirse en un adversario. Que la popularidad es un espejismo.
Y entonces, cuando se mire en el espejo, cuando vea en sus ojos el peso de lo inevitable, entenderá lo que todos los demás han entendido antes que él.
El poder no es eterno.
El cambio no es absoluto.
La historia no se reescribe, solo se repite.
Hasta el próximo artículo…