Abinader y dominicana lee.

Leo un párrafo de Don Quijote y me detengo. La ironía de Cervantes se me antoja un eco lejano en un país donde el hábito de la lectura parece desvanecerse. Me asaltan preguntas que no hallan respuesta: ¿cuándo fue la última vez que se inauguró una biblioteca pública en una provincia en el país? ¿En qué momento dejamos de concebir la lectura como una urgencia nacional y la convertimos en una mera formalidad académica? Me esfuerzo en recordar un presidente que haya encabezado una campaña seria de promoción de la lectura, una que no se limite a discursos de ocasión o a festivales que mueren en el acto de clausura. Busco en mi memoria la imagen de un ministro de Educación recomendando un libro con genuino entusiasmo, no como parte de un programa institucional, sino como una invitación personal a la exploración. Y no la encuentro.

Más allá del deber burocrático, ¿en qué momento la política dejó de entender que la lectura es un acto de resistencia, de pensamiento crítico, de libertad? Imagino un país en el que un senador de la República, en lugar de repartir promesas de campaña, entregue libros a jóvenes que nunca han tenido acceso a uno. O un síndico que, en vez de invertir en propaganda, construya espacios de lectura en los barrios, lugares donde la imaginación tenga un respiro entre el cemento y el ruido de la calle. Pero eso no sucede. Aquí, la literatura se ha convertido en un adorno: se celebra la obra de nuestros escritores con discursos rimbombantes, pero su impacto se diluye en una sociedad que lee cada vez menos.

La urgencia es evidente. La promoción de la lectura debería ser un eje central en la agenda nacional, un compromiso que trascienda gestos simbólicos y se convierta en una política de Estado. Leer no es solo un acto individual, sino una herramienta colectiva de transformación. Sin lectura, no hay pensamiento crítico; sin pensamiento crítico, la democracia se erosiona. Un país que no lee es un país más fácil de manipular, más propenso a la corrupción, más vulnerable a las narrativas huecas que se propagan en redes sociales con la velocidad de un virus. En este tiempo de algoritmos y desinformación, la lectura es nuestra única defensa.

Confucio sostenía que el buen gobernante debe ser ejemplo de virtud. Su liderazgo no se imponía con la fuerza, sino con la moral y el conocimiento. Si aplicamos esa idea a nuestro presente, podríamos preguntarnos: ¿cómo debería un presidente fomentar la educación? ¿Cómo se construye un liderazgo que trascienda la política inmediata y deje una huella en la historia? Abinader, en su segundo mandato, tiene en sus manos la oportunidad de responder a esas preguntas. Si algo queda claro al revisar la trayectoria de su familia, es que la educación ha sido un pilar fundamental. Su padre, un hombre de formación intelectual, entendía el valor del conocimiento como motor del progreso. Ahora, el reto es convertir ese legado en una acción concreta.

El 27 de febrero marca el inicio de un final contra el tiempo en su gobierno. ¿Cómo quiere ser recordado Abinader? Si decide liderar un programa nacional de fomento a la lectura, su nombre podría quedar inscrito en la historia, no solo como el presidente de la estabilidad económica o de la modernización de infraestructuras, sino como el mandatario que entendió que el verdadero desarrollo comienza en las páginas de un libro. Tiene la ventaja de contar con jóvenes al frente de los ministerios de Cultura y Educación, un escenario ideal para articular un proyecto ambicioso que trascienda su administración.

Sin embargo, hasta ahora, las cifras hablan de abandono. ¿Cuántas bibliotecas públicas se han inaugurado en los últimos años? ¿Cuántos libros ha adquirido el gobierno para enriquecer los acervos de las escuelas y universidades? Las respuestas son desalentadoras. Las librerías cierran una tras otra, ahogadas por la falta de incentivos y por una industria editorial que sobrevive a duras penas. Los planes de lectura en las escuelas son meros formalismos: se asignan libros sin estrategias para generar interés real en los estudiantes, se promueve la memorización en lugar de la reflexión. Y en las universidades, el panorama no es mejor. El acceso a libros sigue siendo un lujo y no un derecho garantizado.

En este contexto, el llamado es claro: presidente, asuma la lectura como una bandera de su gobierno. No como un acto simbólico, sino como una política estructural. Invierta en la creación de bibliotecas comunitarias, en la modernización de los espacios de lectura en las escuelas, en la capacitación de docentes que inspiren en lugar de imponer. Cree programas de incentivo para las editoriales nacionales, fomente el acceso gratuito a libros digitales establezca ferias permanentes del libro en las provincias más rezagadas. Imagine el impacto que tendría un programa de lectura respaldado por el gobierno, con el mismo entusiasmo con el que se han impulsado otras iniciativas.

Piense en cómo lo recordará la historia. Napoleón no es recordado solo por sus victorias en el campo de batalla, sino por el Código Napoleónico, que sentó las bases del derecho moderno. Su impacto trasciende los siglos porque entendió que el poder no radica solo en la espada, sino en las ideas. De igual forma, un presidente que apueste por la educación y el conocimiento deja una marca imborrable en su país.

Si no actuamos pronto, nos arriesgamos a convertirnos en una nación sin memoria, sin pensamiento crítico, sin capacidad de cuestionar. Nos convertimos en un territorio de concreto y pantallas, donde las voces más importantes se pierden en el ruido de la superficialidad. Pero todavía hay tiempo. La lectura es un camino, un puente hacia un futuro distinto. Solo hace falta decisión del gobierno para cruzarlo.

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Marino Berigüete

Diplomático de carrera,Abogado Máster en Ciencias Políticas, Máster en Relaciones Internaciones,UNPHU Postgrado Procedimiento Civil, UASD/ Escritor y Poeta.

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