Alofoke, el nuevo poder sin corbata.

“En un país donde la política tradicional sigue hablando sola, un influencer emerge como voz de la calle y termómetro social. Nos guste o no, el futuro ya no habla en mítines, sino en podcasts”

Lo vi en el colmado, mientras compraba una Malta Morena y medio de salami: un señor con barriga de autoridad y aliento de habichuelas, diciendo con total solemnidad: “Ese muchacho, Alofoke, tiene más poder que un senador”. No era chisme ni exageración: era una epifanía popular. Y es que a veces, hay más lucidez en la fila del colmado que en los salones climatizados del Congreso.

Nos guste o no, Alofoke es la vuelta. No porque sea un ideólogo ni cite a Gramsci, sino porque sabe dónde están los ojos, los oídos y los dedos de esta época: en los celulares, no en las urnas. Mientras los políticos analizan encuestas, él las provoca. Mientras la élite se afana en parecer ilustrada, él ya está instalado en el imaginario colectivo, sin pedir permiso.

La política tradicional sigue creyendo que el poder está en el podio, en la corbata, en el protocolo. Que un slogan, una frase masticada y un video con música épica bastan para conectar. Error. El pueblo está en otra frecuencia. En otro canal. Y ese canal no es de televisión abierta.

Alofoke, con su gorra ladeada y lenguaje sin filtro, ha logrado lo que los comités de estrategia no pueden: volverse necesario. No por el guion, sino por la autenticidad. Mientras algunos se venden como salvadores, él se muestra como uno más. Y lo que representa es a millones que no se ven ni se oyen en el Congreso, pero sí en su canal.

Tiene más seguidores que cualquier político. Más vistas que cualquier noticiero. Más influencia que muchos pastores. Y eso, en este país, ya es categoría de poder. El poder de quien entretiene, informa y representa. El poder de quien no finge ser pueblo: lo es.

Muchos lo desprecian. Lo minimizan. Lo subestiman. Error de cálculo. Porque ese “muchacho del YouTube” ya puede mover más votos que un partido emergente. Su alcance no se mide en encuestas, sino en comentarios, memes y reproducciones.

Y eso inquieta. Porque el sistema todavía cree que el poder se gana con maquinarias electorales, no con micrófonos abiertos. Pero la calle ya cambió el canal. Y ahora, los nuevos líderes no se gradúan en universidades: se foguean en la jungla del streaming.

Alofoke no pide espacio. Se lo gana. Conecta, presiona, agenda. Donde antes se hablaba del último discurso presidencial, hoy se debate lo que se dijo en su programa. Porque mientras unos adornan sus frases con eufemismos, él dispara sin filtro. Y eso, le guste a quien le guste, genera fidelidad.

Y no es solo comunicación. Es poder real. El poder que incomoda porque no se viste de gala ni se expresa en papers académicos. El que nace de la calle y se viraliza en segundos. No necesita tarimas: le basta con un live. Y esa capacidad de provocar conversación es, hoy, más política que cualquier acto público con bocinas.

En una sociedad donde la juventud desconfía de todo —instituciones, partidos, iglesia— figuras como Alofoke llenan ese vacío. No porque lo busquen, sino porque el sistema lo permite. La política dejó tanto espacio sin ocupar, que los influencers lo llenaron.

¿Que no tiene propuestas estructuradas? Tal vez. ¿Que no es coherente siempre? Seguramente. Pero el poder no siempre se gana con lógica. A veces basta con presencia. Y él la tiene. A toda hora. En todas las redes. En cada esquina digital donde se cocina el futuro.

Un estudio reciente proyecta que para 2028 habrá más de ocho millones de dominicanos activos en redes. La mayoría jóvenes. Jóvenes que no votan por programas, sino por empatía. Jóvenes que no ven televisión, pero sí siguen a Alofoke. Lo respetan. Lo citan. Lo reproducen. Y si un día él decide entrar en política, no lo hará por un partido: lo hará con su tribu desde el edificio rojo.

No es hipérbole hablar de una “generación Alofoke”. Es una advertencia. De que el poder ya no se construye con votos en urnas, sino con likes en videos. Y si la clase política no despierta, se quedará hablando sola en el viejo teatro mientras el nuevo público está conectado en otro lado.

No se extrañen si en la próxima campaña los candidatos hacen fila para ser entrevistados por él. Porque hoy, una aparición en su canal puede tener más peso que diez caravanas y una pauta millonaria.

Alofoke no es un accidente. Es síntoma. Y también profecía. La evidencia de que el liderazgo ya no se impone, se construye en comunidades digitales. Y de que el futuro no pide permiso: entra con gorra, micrófono y Wi-Fi.

Hasta el próximo artículo…

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Marino Berigüete

Diplomático de carrera,Abogado Máster en Ciencias Políticas, Máster en Relaciones Internaciones,UNPHU Postgrado Procedimiento Civil, UASD/ Escritor y Poeta.

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