
Apreciado poeta:
Te escribo esta carta en el Día del Poeta, aunque sospecho que ese día no existe como fecha fija en un verdadero poeta. No ocurre en el calendario, sino en ciertos momentos: cuando todos duermen y alguien, en una habitación apenas iluminada, decide no rendirse ante el silencio. No es una celebración pública ni una efeméride reconocible. Es una insistencia privada, casi secreta de ser poeta.
No es tampoco, debo decirlo desde el inicio, una carta como la que escribió Rainer María Rilke al joven cadete Franz Xaver Kappus. Aquella correspondencia buscaba orientar. Esta, en cambio, intenta describir. No ofrece un camino claro, sino un conjunto de tensiones que definen el oficio.
Anoche, por ejemplo, eran las 2:17. Lo sé porque miré el reloj después de tachar tres veces el mismo verso. El apartamento estaba en calma, pero dentro de mí persistía una incomodidad difícil de nombrar, como si algo golpeara desde adentro pidiendo salir. No era una idea ni una imagen. Era una presión difusa, una fiebre leve.
Ahí empieza casi todo.
No en la inspiración, como suele repetirse, sino en una molestia que no se resuelve. El acto de escribir nace, con frecuencia, de una fricción interna. Uno se sienta, escribe una línea, la borra, la reescribe. Sustituye una palabra por otra que resulta igual de insuficiente. Y, aun así, insiste. Porque en esa repetición hay algo más que un intento estético: hay una forma de resistencia.
Recuerdo haber leído a César Vallejo decir que escribir era una forma de no morir. Durante mucho tiempo interpreté esa idea como una exageración poética. Hoy la entiendo de otra manera: no es que la escritura nos salve, sino que nos permite postergar, por un instante, la caída. Escribir no elimina el vacío, pero lo vuelve habitable.
Sin embargo, sería un error reducir la experiencia del poeta a esas noches intensas. Hay días en que no ocurre nada. Días en los que el lenguaje no responde.
Se abre el cuaderno, se toma el lápiz, y lo único que se escucha es el roce seco sobre el papel. Aparece un verso correcto, incluso bello, pero carente de vida. No basta con que esté bien construido. La corrección formal no garantiza la verdad. Y el poeta, tarde o temprano, aprende a reconocer esa diferencia.
A esos periodos los llamo días de resequedad.
En una ocasión pasé casi dos semanas escribiendo todos los días a la misma hora. Había disciplina, método, constancia. Me sentaba, releía, corregía. Al final, lo único que había acumulado eran páginas impecables desde el punto de vista técnico y completamente vacías desde el punto de vista vital. Fue entonces cuando comprendí que la poesía no se produce en el sentido industrial del término. Puede esperarse, provocarse, incluso forzarse en ciertos momentos, pero nunca se fabrica por completo.
En ese proceso recordé a T. S. Eliot, quien afirmaba que la poesía es una huida de la personalidad. Durante años asumí esa idea como un mandato: desaparecer para escribir mejor. Hoy sospecho lo contrario. No se trata de huir de lo que uno es, sino de escribir desde aquello que no logra abandonar. La voz no surge de la negación, sino de una forma particular de permanencia.
Conviene también desmitificar otro aspecto: el mundo de los poetas no es necesariamente generoso.
Existe una tensión constante, aunque rara vez se explicite. Leemos a otros con admiración genuina, pero también con una inquietud silenciosa. Nos preguntamos por qué ciertos versos alcanzan una intensidad que los nuestros no logran. Por qué algunos libros encuentran lectores mientras otros permanecen cerrados en cajas. No es envidia en su forma evidente, sino una comparación persistente, casi inevitable.
Yo también quise ser muchos poetas.
Quise escribir con la claridad de Octavio Paz, donde cada palabra parece abrir un pensamiento. Quise perderme en los laberintos de Jorge Luis Borges, donde una frase puede contener siglos. Intenté aproximarme a la oscuridad de Charles Baudelaire, a esa capacidad de encontrar belleza en lo que otros evitan mirar.
Leí obsesivamente a Rubén Darío, tratando de comprender cómo lograba que el idioma adquiriera una musicalidad casi física. Y, como muchos, pasé por Pablo Neruda, con la convicción de que la poesía podía nombrarlo todo: lo íntimo, lo cotidiano, lo material.
Pero en ese recorrido había una falla.
Cada intento de parecerme a ellos me alejaba de una zona más esencial. Los poemas empezaban a funcionar, pero no me pertenecían. Eran correctos, incluso logrados, pero derivativos. Y esa distancia, aunque al inicio pueda parecer un aprendizaje necesario, termina por agotarse.
La voz propia no apareció como un descubrimiento súbito, sino como una renuncia progresiva.
Tuve que abandonar la idea de escribir como “debía ser” para empezar a escribir como me era posible. Eso implicó aceptar una forma más irregular, a veces torpe, a veces incómoda. Pero también más honesta. Porque la autenticidad en la escritura no radica en la perfección, sino en el esfuerzo por no mentirse del todo.
Escribir desde ese lugar implica aceptar límites.
Implica reconocer que no siempre se sabe lo que se está diciendo, que el error es frecuente, que muchos textos no llegan a concretarse. Pero también implica desarrollar una sensibilidad para identificar cuando algo sí ocurre. Es difícil de definir, pero reconocible: una línea que no requiere corrección, una imagen que se sostiene por sí misma.
Cuando terminé mi tercer libro, no hubo celebración. Pero quise acercarme a un editor internacional.
Cerré el archivo, lo imprimí y lo dejé sobre la mesa. Lo observé durante un largo rato. Lo que sentí no fue orgullo, sino una forma de silencio, como si hubiera concluido una conversación sin posibilidad de respuesta.
Después comenzó otra etapa.
Enviar el manuscrito, esperar, revisar el correo con una expectativa desproporcionada. Recibir respuestas formales que agradecen el envío y concluyen en un rechazo. O, en muchos casos, no recibir respuesta alguna.
Ahí se revela otra dimensión del oficio.
Los editores no leen con los mismos criterios que los poetas. Su lectura está atravesada por la circulación, la viabilidad, el contexto. Y el autor, mientras tanto, intenta defender un texto que ni siquiera puede explicar completamente.
Hubo un momento en que consideré dejar de enviar. Archivar todo. Escribir únicamente para mí. Pero incluso esa decisión implicaba una relación con el otro. Porque, aunque no siempre se admita, la escritura contiene una expectativa de escucha.
Con el tiempo aprendí a negociar ciertos aspectos sin renunciar a lo esencial. A aceptar modificaciones menores, a sostener lo que consideraba fundamental. Entendí que publicar no representa una culminación, sino una continuación del conflicto bajo otras condiciones.
Hay, sin embargo, algo que debe decirse con claridad.
No vas a vivir de la poesía.
Vas a trabajar en otros ámbitos. Vas a enfrentarte a preocupaciones prácticas. Habrá momentos de duda, incluso de abandono. Pero también habrá instantes en los que una sola línea justificará todo el proceso. Un verso que aparece sin previo aviso y modifica la percepción del día.
Ese tipo de experiencia no es transferible ni comercializable, pero resulta decisiva.
Lo que permanece no es el reconocimiento, que es inestable, ni las ventas, que son variables. Lo que permanece es una relación sostenida con el lenguaje. Una forma de mirar que, una vez adquirida, no se abandona.
Alguna vez leí a Jorge Luis Borges afirmar que uno es, en parte, lo que ha leído. A esa idea añadiría otra: también somos lo que hemos intentado decir sin conseguirlo. Los fracasos expresivos también configuran una identidad.
Si decides continuar por este camino, conviene no esperar certezas.
Escribe cuando sea posible. Lee cuando no lo sea. Y cuando ninguna de las dos cosas funcione, permanece. A veces, la única condición necesaria es no retirarse.
Durante años creí que mi deseo de parecerme a otros poetas era una forma de admiración. Con el tiempo entendí que también era una forma de evasión.
Al final no encontré una voz clara ni definitiva. Encontré algo más limitado, pero más propio: una manera de decir que, aun siendo imperfecta, no puede ser atribuida a nadie más.
Y antes de terminar, quiero recomendarte algo práctico.
Cuida las palabras. No por su brillo, sino por su función.
Cuida el ritmo. Si no se sostiene en voz alta, no funciona.
Cuida la imagen. Explicar debilita. Mostrar resiste.
Cuida la honestidad. El lenguaje también sirve para ocultar.
Cuida la tensión. Un poema demasiado resuelto se agota rápido.
Cuida la economía. El exceso diluye.
Y cuida la reescritura. Escribir es, en gran parte, corregir.
Nada de esto garantiza un buen poema.
A veces, sin embargo, ocurre algo. Una línea encaja sin esfuerzo. No sabes por qué. Tampoco importa. Dura poco.
te escribe,
Marino Berigüete
Un poeta de este tiempo.
