A Roberto Salcedo lo veo en todas partes. Se mueve con energía desde que asumió como ministro de Cultura: viaja, inspecciona estructuras, pisa el polvo de las provincias con el gesto de quien acaba de aterrizar en la realidad. Lo veo metido en la tarea de recuperar espacios, de devolver al ministerio lo que alguna vez fue suyo: museos, bibliotecas, centros culturales que, como los viejos amores, con el tiempo se desperdigaron en manos ajenas. Porque si la cultura es un cuerpo, su ministerio es—o debería ser—el cerebro que lo ordena.
Pero hay algo más importante que las paredes: lo que ocurre dentro. Y ahí está el verdadero reto, porque la cultura ha sido siempre un botín, una finca donde se reparten favores, donde el talento se mide con carnets partidarios y el arte con amistades. Hay sectores más pequeños que el cultural, pero pocos donde la parcelación con banderas sea tan absurda.
Ojalá que Salcedo lo entienda. Que haga política cultural sin política partidaria. Que abra puertas en vez de cerrarlas. Porque la cultura no necesita lemas, ni himnos, ni padrinos. Solo necesita talento, y eso—para alivio de todos—no tiene dueño.
Marzo 2025.