El 8 de marzo es una fecha incómoda. No es un festejo ni una efeméride vacía. No es un recordatorio amable. Es una grieta en el calendario. Un tajo que expone lo que falta. Un eco que repite, cada año, los nombres de las que ya no están.
Porque ser mujer no es solo una cuestión de biología ni de identidad. Es una trinchera. Es caminar con la espalda en tensión en una calle desierta. Es aprender, desde niña, a medir la distancia entre el peligro y la salida. Es la voz que no se escucha en una reunión. Es el ascenso que nunca llega. Es el salario que no alcanza. Es el miedo. Es la rabia. Es el cansancio.
Pero también es la resistencia. Y en eso pienso hoy. En las mujeres que no escriben discursos ni encabezan marchas, pero que sostienen el mundo. En las que madrugan para cruzar la ciudad en un transporte lleno de cuerpos y de prisas. En las que trabajan dobles turnos. En las que cuidan a los suyos y aún encuentran un espacio para sí mismas. En las que ríen. En las que no se rinden.
Mi madre. Sus manos. Sus días largos. Su historia que no sale en los libros. La vecina que cría sola a sus hijos. La enfermera que cierra un expediente y sigue de pie. La joven que entra en un aula donde nadie espera que brille. La que desafía, la que avanza, la que se cansa y sigue.
La historia intentó borrarlas, pero falló. Están en cada línea no escrita. En cada gesto cotidiano. En cada cambio que no se ve pero que importa.
El Día Internacional de la Mujer no es solo una fecha. Es un recordatorio de lo que se ha hecho y de lo que falta. Un llamado. Un grito. Un temblor.
Y también, una certeza: sin ellas, sin su lucha, sin su fuerza, el mundo se desplomaría.