Si los presidenciales del PRM caen en la trampa de la oposición, mejor que no gasten dinero en campaña.
Mejor que vayan reservando boletos de avión o buscando excusas dignas para la derrota. La historia no absuelve a los distraídos ni a los engreídos. El poder no se pierde porque enfrente haya un genio de la política, sino porque dentro hay una procesión de egos con puñales largos y memoria corta.
La oposición lo sabe porque ya lo vivió. Sabe que la mejor forma de vencer no es con un discurso brillante ni con una estrategia magistral, sino dejando que el adversario se autodestruya. Un candidato soberbio, un ministro torpe, un presidente confiado, y el trabajo está hecho. Para qué gastar dinero en campañas si el oficialismo regala los errores.
Gobernar no es una tómbola, aunque algunos lo confundan con un premio de lotería. No basta con encuestas favorables ni con promesas recicladas. El poder es un animal caprichoso: muerde a los que lo dan por sentado y se encariña con los que lo entienden. Si en el PRM siguen peleándose por el trono antes de ganarlo de nuevo, mejor que vayan empacando con calma.