“Leer la poesía de Vitelio Mejía fue caminar por un lugar magnífico, llamado Las Salinas en Baní.”
El jueves por la tarde fui a la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña. Afuera, la ciudad persistía en su habitual ceremonia de estruendo: los tapones de la Máximo Gómez eran un pulso detenido, un latido sin sangre. Pero adentro, el aire era otro. Más que silencio, una tregua. Se presentaba un libro de poesía de Vitelio Mejía, y yo llegué con la simple intención de estar: mirar, acompañar a un querido amigo sureño, escuchar un par de discursos, hojear el libro y seguir con mi noche. Nada más.
Pero a veces un libro no se deja mirar. A veces, te mira él.
No te asalta con gritos, sino con algo más peligroso: la verdad. La nostalgia.
Ese murmullo que no se oye, pero se queda.
Desde que lo tuve en las manos, supe que algo era distinto. La edición cuidada, el diseño sobrio, casi ritual. Nada ostentoso, pero hecho con reverencia. Lo abrí, y ahí empezó otra cosa.
No era un libro: era una casa. O mejor, un espejo.
Una biografía en clave de poema, escrita no desde la épica, sino desde la herida. Cada verso dejaba entrar lo vivido como se cuela el viento por una rendija: sin pedir permiso. Y en ese viento, me vi.
Leer a Vitelio Mejía fue entrar en una casa ajena y, sin embargo, íntima. Cada poema parecía escrito con las manos sucias de vida, de arena, de días verdaderos, no recordados desde lejos, sino respirados desde dentro. Su poesía no se desborda: observa, palpa, se detiene. Tiene la precisión del que ha amado sin escándalo, del que recuerda sin llorar.
Y cuando habló de Las Salinas en Baní, sentí que caminaba con él. Que la arena me raspaba los pies, que el sol me hacía entrecerrar los ojos. Nunca he ido, pero estuve. Me bastó leer su verso, escuchar el poema al marinero, para habitar el lugar.
Salí de la Biblioteca con la sensación de haber estado en un sitio donde algo se dijo con hondura.
Y eso, en estos tiempos de tanto ruido y tantas máscaras, ya es un lujo.
O quizás, un milagro.