Dije una vez que no recuerdo cuando empecé a escribir. Y en verdad, todavía no recuerdo ese momento, esa epifanía que inauguró la relación secreta e intensa que tengo con la palabra. Como un acto de fe, abrí una libreta verde, una de esas viejas libretas de cátedra, con sus rayas que amparan ideas, sueños y, a veces, auténticos delirios. La escritura, para muchos escritores, se presenta como una maldición o, tal vez, como un castigo. Para mí, sin embargo, es un espacio diáfano para entablar un diálogo interno, un refugio donde me evalúo, me transformo y, en ocasiones, me descubro.
En ese momento inicial, que se pierde en la bruma de la memoria, es posible que no hubiera una intención clara. Tal vez simplemente buscaba un medio para canalizar el torbellino de emociones que se agitaban dentro de mí. Todos cargamos con experiencias y anhelos que, si no son expresados, pueden transformarse en un peso insoportable. Escribir se convierte así en una forma de alivio, un soplo de aire fresco en medio de la rutina abrumadora que a menudo nos consume. Cada palabra escrita es una chispa que ilumina la oscuridad del silencio, una invitación a explorar terrenos desconocidos y a descubrir facetas de mí mismo que permanecían ocultas.
La relación que establecemos con la escritura puede ser, sin duda, salvadora. En un mundo cargado de desasosiego y confusión, la palabra escrita se convierte en un auxilio capaz de preservar nuestra cordura. Es como un anaquel donde guardar las historias que, de otro modo, podrían desbordar nuestra mente, haciéndonos caer en el abismo de la angustia. Lo que podría requerir el auxilio de un psiquiatra, lo hallamos en el trazo del lápiz sobre el papel, en el susurro que provoca la tinta al deslizarse en la hoja. Esta práctica sagrada me permite relatar, despotricar y revivir episodios de mi vida que, a menudo, resultan sobrecogedores y, a la vez, fascinantes.
A medida que profundizo en mis recuerdos de la infancia y la adolescencia, me doy cuenta de cómo la escritura se convirtió en un medio para procesar la realidad que me rodeaba. Recuerdo las largas noches en las que, con la luz tenue de una lámpara, escribía sobre mis temores y sueños. Las palabras se sucedían unas a otras, casi como un canto, un susurro que me devolvía el control sobre mi existencia. Esa libertad de expresión era un refugio, un ámbito donde podía ser completamente honesto, donde podía dejar de lado las máscaras que a menudo debía llevar en la vida cotidiana. Era, y continúa siendo, un lugar donde las emociones encuentran su cauce y donde el caos puede ordenarse en una estructura que tiene sentido.
Es cierto que, al escribir, procuro entender el mundo que me rodea. Hay un ejercicio casi cartográfico en la escritura, un intento de trazar los contornos de lo que ocurre a mí al rededor, de lo que sucede en esa mañana de luz tenue que, con todo su esplendor, se presenta como un nuevo inicio. Este día, sin embargo, tuvo un matiz particular, pues fui a una cena con mi amigo Avelino Stanley y Vitelio Mejía, un viejo amigo que reapareció en mi vida. Durante nuestra conversación, noté que, al hablar de su propia pasión por la escritura, sobre la mar que tanto le fascina, su rostro se iluminaba. Allí, en esa cena, había un hombre que había dado un salto hacia un nuevo mundo, apartándose del sistema de leyes al que estaba acostumbrado, de los decretos apresurados que marcaban su vida como subconsultor jurídico del poder ejecutivo.
Es asombroso cómo la escritura invita a la exploración de esos territorios invisibles que nos habitan. Es un acto de valentía adentrarse en ese universo personal, donde uno mismo se convierte en autor y protagonista de su propia historia. La narrativa de Avelino me recordó que el escribir no es solo contar relatos; es un acto casi sagrado de autoexploración, una forma de comprendernos a nosotros mismos en el contexto de lo que somos y de lo que deseamos ser. Cada palabra tecleada es un puñal que va horadando líneas en la superficie del yo, abriéndonos a una comprensión más profunda de nuestra existencia.
Sin embargo, escribir también se siente sofocante. Hay días en que la hoja en blanco puede parecer una impositora, una montaña insalvable que requiere una lucha con uno mismo. Al reflexionar, a menudo me pregunto si, en el principio, había una voz sentenciadora que me marcó con el estigma de esta pasión imperiosa. La escritura puede ser, a veces, una forma de bendecir los días, pero hay un lado oscuro, un peso que se siente al tener que dar vida a los recuerdos, a las añoranzas que anidan en nuestro interior, al dolor que puede surgir al concebir un libro en proceso. Cada página en blanco guarda en sí la promesa de un mundo que podría llegar a ser, de los recuerdos que podrían florecer o marchitarse ante la falta de atención. La escritura se convierte en un acto de valentía que nos permite desnudarnos ante nosotros mismos.
Cada vez que me siento a escribir, me encuentro en un lugar donde las sombras de mis experiencias pasadas cobran vida. La escritura se convierte en un viaje a través de los laberintos de mis pensamientos, en un intento por dar sentido a la confusión que a menudo me rodea. Al plasmar mis ideas en el papel, hago un ejercicio de redención; transformo mis penas en palabras y mis alegrías en relatos. La palabra escrita tiene, además, el poder de curar. En ella radica la posibilidad de enfrentar mis demonios internos, de revelar las verdades que a menudo preferiría ignorar. La escritura se convierte así en un antídoto contra la desesperación, un canal para expresar lo que a veces es demasiado tumultuoso para ser verbalizado.
En este proceso de escritura, también surgen nuevas dimensiones de la realidad. Cuando recojo las experiencias ajenas, como las de Avelino o Vitelio, la escritura me permite incorporar sus palabras y su pasión por la literatura. En esos intercambios, aprendo que la escritura no es un acto solitario; es un diálogo perpetuo que se mantiene entre los hombres y las mujeres que compartimos el misma pasión por contar historias. Cada autor se convierte en un espejo donde se refleja el otro. La relación entre escritor y lector es una danza: ambas partes se nutren de la historia y de la experiencia del otro.
El dolor que se siente al escribir un libro en proceso es una metáfora de la vida misma. Cada libro creado es el hijo de nuestra labor y sacrificio. Al igual que en la crianza de un niño, el proceso de escritura requiere tiempo, esfuerzo y neta dedicación. Hay un momento en que el manuscrito se convierte en una extensión de uno mismo, una obra que nos transporta a un lugar donde la realidad se entrelaza con la fantasía. La historia que contamos y que se despliega en la página es, en parte, una proyección de nuestros miedos y esperanzas, pero también un reflejo de la complejidad del mundo que nos rodea.
El acto de escribir nos confronta con la necesidad de honrar y comprender no solo nuestra realidad, sino también la realidad del otro. Este es, quizás, el mayor desafío del escritor: apartar nuestra mirada narcisista y dirigirla hacia el exterior, hacia las historias que habitan en las vidas ajenas. Esa exploración permite que nuestros relatos crezcan ricos en matices y profundidades, no porque se aviven en la autocontemplación, sino porque han sido alimentados por las experiencias de cada individuo que hemos encontrado en la travesía de nuestra vida.
A menudo, al lanzarse a la escritura, el autor también se enfrenta a la duda y a la crítica, a las voces que resuenan en la cabeza preguntando si lo que hace realmente es suficiente. La mirada externa a menudo es implacable, pero es en la escritura donde encontramos el refugio y la resiliencia que necesitamos para navegar esas aguas turbulentas. Hay que recordar siempre que la escritura es un acto de valentía, no un camino fácil; muchos titubean antes de dar el primer paso. La confianza se desarrolla con el tiempo y, como cualquier otro arte, requiere dedicación y pasión.
Finalmente, al término de esta reflexión sobre la escritura, quiero rescatar la idea de que somos, en esencia, lo que escribimos. La escritura se convierte en nuestro legado, en el hilo del que se teje nuestra historia, en el espejo que nos permite contemplar no solo lo que hemos sido, sino también lo que aspiramos a ser. La escritura es el vehículo que nos transporta entre el pasado y el futuro, un camino que hemos recorrido al compás de nuestras propias convicciones.
De este modo, como el viaje hacia la autocognición nunca se detiene, tampoco lo hace la necesidad de escribir. Esas palabras escritas son el eco de nuestras voces, un intento por capturar lo efímero y convertirlo en algo eterno. Cada frase trazada es un testimonio de la humanidad que llevamos dentro, una búsqueda de significado que se despliega a lo largo de toda nuestra existencia.
Escribir, en suma, no es solo un acto aislado, sino un viaje constante hacia la autoexploración y el entendimiento. Es un fenómeno íntimo entrelazado con las experiencias, los recuerdos, las alegrías y las tristezas que nos acompañan a lo largo de nuestras vidas. Al abrir esa libreta verde de cátedra, estoy no solo liberando mis pensamientos, sino también abrazando la maravilla de la vida misma, en toda su complejidad, en toda su belleza y, sobre todo, en su imperfección. La escritura es el arte de desahogarse y transformarse, una senda sinuosa donde el pasado se asienta en el presente con miras a forjar el futuro.
En este viaje, aún hay mucho por descubrir, y así, mientras continúo escribiendo, permanezco ansioso por desentrañar las historias no contadas que siguen aguardando en la penumbra.