A Jaime Terrero lo conocí en la librería Cuesta, cuando la cafetería existía, claro, donde uno va a buscar libros y termina encontrando a gente que piensa con los codos en las mesas. Estaba entre mesas y sillas, hojeando a filósofos como si buscara una sentencia en medio de un crimen mal resuelto. Me saludó con esa mezcla de cortesía y cansancio que tienen los abogados que ya han visto demasiado.
No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, era como si el silencio le hubiera estado preparando la entrada. Ahora se ha convertido en un tuitero frecuente, lo cual es una bendición para quienes queremos entender qué demonios está pasando sin tener que tragarnos una rueda de prensa entera. Jaime no dispara tuits, los redacta como si escribiera en un expediente judicial que alguien leerá dentro de veinte años para entender qué fue de nosotros.
Tiene ese estilo de quien no teme incomodar. Sus palabras no buscan likes ni aplausos. A veces, ni siquiera buscan. Simplemente están ahí, como una señal de advertencia. “Esto pasa, esto es grave, Abel no vuelve, Leonel deberá dar paso a su hijo.” No hay espuma. Hay sustancia. Como cuando te dice, sin alzar la voz, que una ley mal hecha puede hacer más daño que una bala bien disparada.
Jaime me empujó a volver a dar clases, y eso no se lo perdono; ahora no tengo casi tiempo para leer o escribir. Pero se lo agradezco. Me recordó que pensar es un acto incómodo pero necesario. Que opinar con responsabilidad es tan exigente como callar a tiempo, por eso siempre les mando mi columna del periódico de primero.
Pero ahora que los aspirantes a presidentes de los partidos políticos empiezan a hablar más de la cuenta, leer a Jaime en Twitter es como escuchar a uno de los tipos en la cafetería Barista que no se dejó comprar ni encantar. No tuitea para convencer; tuitea para no rendirse. Y eso, en un país donde las redes son una jaula de monos gritándose, donde hasta marchas contra ilegales haitianos convocan, escribir en un tuit es un acto de resistencia.
Pero Jaime no grita. Jaime escribe. Y eso, en definitiva, basta.