
Estaba viviendo en Paraguay cuando un librero de la librería El Lector —uno de esos hombres que parecen haber hecho de los libros no un oficio sino una forma de vida— me puso en las manos La uruguaya de Pedro Mairal. Yo venía, por entonces, de una fidelidad casi exclusiva a la poesía: buscaba en los versos una respiración distinta, una tregua frente al estrépito del mundo, una música que me permitiera sostener el día. Pero aquella contraportada —sobria, casi discreta— insinuaba otra cosa: un viaje, sí, pero también una caída, un deslizamiento hacia una zona menos noble del alma.
Abrí el libro en el café de la librería sin sospechar que ese gesto trivial —el de pasar la primera página— tendría consecuencias. Porque no fue una lectura: fue, más bien, una inmersión súbita, una especie de descenso en el que uno pierde pie sin darse cuenta.
Afuera, la ciudad seguía su curso, con esa indiferencia implacable de las ciudades que no se detienen por nada. Adentro, en cambio, algo comenzaba a desordenarse. Lucas Pereyra —ese hombre que cruza hacia Montevideo con una excusa financiera tan frágil como sus propias certezas— no tardó en volverse una presencia incómoda. No era un personaje en el sentido convencional, sino una voz que se filtraba, que se instalaba con una familiaridad inquietante. Había en él una transparencia casi indecorosa, una manera de exponerse que desarmaba cualquier distancia crítica.
Y es ahí donde la novela revela su verdadera eficacia: no en la anécdota, que podría parecer mínima, sino en la forma en que está contada. Mairal prescinde de todo artificio visible, pero esa aparente sencillez es, en realidad, el resultado de una disciplina rigurosa. La prosa avanza con una naturalidad engañosa, como si no estuviera haciendo nada extraordinario, cuando en verdad sostiene una tensión constante, una cuerda tirante que no se rompe pero tampoco se afloja.
Seguí leyendo sin interrupciones, con esa urgencia que sólo producen ciertos libros —raros, cada vez más raros— que logran abolir el tiempo exterior. Había en cada página una distancia persistente entre el deseo del protagonista y la realidad que lo aguardaba. Esa fisura, casi imperceptible al comienzo, se va ensanchando hasta convertirse en el eje secreto de la novela. No se trata, entonces, de una historia de amor ni de un relato de viaje, sino de algo más esencial y perturbador: la constatación de que uno puede extraviarse sin salir del todo de sí mismo.
A medida que avanzaba, comprendí que la novela desmontaba una de las ficciones más consoladoras de nuestra época: la de que la vida ofrece segundas oportunidades, de que siempre es posible rectificar el rumbo. Aquí, por el contrario, cada decisión parece confirmar una deriva, una inercia que arrastra al protagonista hacia un punto donde ya no hay corrección posible, sólo lucidez.
Y, sin embargo, no hay en ello grandilocuencia ni tragedia en el sentido clásico. Lo que hay es algo más inquietante: una normalidad erosionada, una vida que se descompone sin estridencias, como si el fracaso no fuera una excepción, sino una de las formas más comunes de la experiencia humana.
Cuando cerré el libro, todavía en aquella mesa del café, tuve la impresión —no del todo agradable— de haber sido desplazado. La poesía, con su promesa de belleza y de orden, había quedado momentáneamente suspendida. En su lugar, se imponía una escritura que no busca consolar ni redimir, sino mostrar, con una precisión casi clínica, lo que ocurre cuando las máscaras se vuelven inútiles.
Desde entonces, cada vez que vuelvo a La uruguaya, no recuerdo sólo la historia de Lucas Pereyra, sino ese instante en que comprendí que la literatura, en su forma más exigente, no es un refugio sino una intemperie. Y que acaso leer —y escribir— consista en aceptar esa intemperie, en internarse en ella sin garantías, con la única certeza de que, al final, uno no saldrá indemne.
