Un martes cualquiera, a las nueve de la mañana, un hombre se levanta, se mira al espejo y dice: “Puedo ser presidente”. No pronuncia esas palabras con la certeza de un iluminado ni con la convicción de un destino predeterminado. Las dice porque puede. Porque el país en el que vive, la clase política a la que pertenece, el partido que lo respalda, se lo permiten. Porque, en la política dominicana, el poder no es un mérito, sino una oportunidad para cambiar la historia y las vidas de las personas.
En el Partido Revolucionario Moderno (PRM), la sucesión presidencial ya comenzó. No importa que Luis Abinader apenas haya asumido su segundo mandato. No importa que las elecciones de 2028 parezcan lejanas. No importa que el partido aún no haya logrado consolidarse como una estructura madura de poder. Nada de eso cuenta.
La política dominicana es un carrusel donde las promesas giran sin freno. Los candidatos suben y bajan, mientras el pueblo —ese mismo pueblo que cada cuatro años presenta su voto como si fuera un billete de lotería— se queda mirando cómo la rueda gira, esperando que, esta vez, sea diferente.
Pero no lo será en 2028.
El 27 de febrero, en el Congreso Nacional, la rendición de cuentas de Luis Abinader se convirtió en el escenario de una guerra fría. No hubo balas, pero sí miradas; no hubo cañones, pero sí silencios estratégicos. La sucesión ya está en marcha, aunque nadie lo pronuncie en voz alta.
David Collado, Carolina Mejía y Eduardo Sanz Lovatón. Tres nombres, tres estilos, tres apuestas. Ninguno ha oficializado su precandidatura ni ha lanzado su precampaña, pero todos están corriendo, sumando gente a sus proyectos.
En los pasillos de las instituciones, en las provincias, en los cafés de los estrategas, los murmullos se transforman en certezas. Los aliados se buscan, los pactos se negocian, las traiciones se planean. No hay una estrategia oficial, pero sí una lucha velada entre egos, ambiciones y cálculos personales.
Porque en política, querer no siempre es suficiente. Hay que saber cómo hacerlo. Uno de los errores recurrentes en la política dominicana es confundir el respaldo en el Congreso Nacional con poder real. No son lo mismo.
Los senadores y diputados tienen influencia, sí, pero su relación con la base del partido es intermitente, frágil, volátil. No construyen movimientos, no organizan estructuras, no movilizan multitudes. Su poder es prestado: depende de favores, empleos, recursos estatales. Y el problema con los favores, los empleos y los recursos es que no son eternos.
Los verdaderos termómetros del poder son los alcaldes, por su independencia. Ellos manejan la maquinaria partidaria, controlan el día a día de la militancia y garantizan la movilización. Un senador puede influir en el Congreso, y un diputado puede ser una figura reconocida en su circunscripción. Pero un alcalde tiene una base viva para la movilización en una primaria interna. Y en política, sin base, no hay victoria segura.
En el PRM no parecen haber entendido esta ecuación. Sus aspirantes apuestan por la fórmula equivocada: rodearse de legisladores, sumar empleados públicos, tejer alianzas dentro de la administración estatal, crear un espejismo de crecimiento. Ese espejismo desaparecerá en cuanto el gobierno cambie sus prioridades o cuando el presidente decida que ya no los necesita.
Las primarias internas de un partido político no son un espacio de diálogo, ni de reflexión, ni de ideas. Son un ring. Donde gana el que mejor estrategia construya, el que haga el mejor acuerdo interno y el que esté mejor posicionado en las encuestas. Cada elección es una batalla. Cada cargo, una concesión de guerra. Cada nombramiento, un posible golpe de ventaja.
Por eso, en el PRM, la lucha por la sucesión no es un debate de ideas ni un espacio para discutir planes de gobierno. Es una pelea por el poder. Esta nueva clase política que está surgiendo en el partido debería cambiar la forma de hacer política y olvidarse de esos viejos métodos de ir a pulsear en el Congreso Nacional para ver quién lleva más diputados detrás de su espalda. Por Dios, ¿quién los asesora?
Y en esta pelea desorganizada, no hay reglas establecidas. La política dominicana se repite con la precisión de un reloj suizo. El PRD se destruyó por su incapacidad de manejar la sucesión interna. El PLD cayó en la misma trampa. El PRM, si no controla su lucha interna, puede transitar por ese mismo camino.
Las luchas internas debilitan, fragmentan, dividen. Todavía no hay reglas. No hay acuerdos. Solo una guerra silenciosa, aunque evidente, donde cada aspirante intenta posicionarse prematuramente.
Si el espectáculo visto en el Congreso se convierte en una norma, las consecuencias serán devastadoras para esa organización política.
Un partido que se enreda en disputas internas pierde cohesión, pierde estabilidad, pierde poder. Y en un país donde los márgenes electorales son estrechos y la confianza del electorado se desmorona con rapidez, esos errores pueden costar caro. Muy caro, porque perder el poder cuando se tiene es lo más costoso que volver a conquistarlo.
Pero cuidado. La victoria del PRM en 2024 fue más estrecha de lo que parece: apenas 394,197 votos de diferencia. Una oposición bien organizada y con una campaña bien ejecutada podría borrar esa ventaja con facilidad.
Porque la política dominicana es impredecible. Volátil, despiadada con el perdedor. Los partidos que no logran ordenar su proceso interno terminan pagándolo en las urnas. Ocurrió con el PRD. Ocurrió con el PLD. Puede ocurrir con el PRM.
¿Qué debe hacer Luis Abinader?
Si quiere que el PRM sobreviva a su transición, si desea evitar que su partido se convierta en un archipiélago de intereses en pugna, debe actuar con urgencia, estableciendo prioridades:
1. Reglas claras, desde ahora. No se puede permitir que el proceso interno sea un caos. Hay que establecer normas, plazos y límites.
2. Reestructuración partidaria. El PRM debe dejar de ser un club de oportunistas con carné y convertirse en una maquinaria política real. La reinscripción masiva no es una opción: es una necesidad para fortalecer al partido.
3. Planificación a largo plazo. La política no se gana con improvisación. Se necesita un discurso, un relato, una visión de poder.
4. Pacto entre aspirantes. Antes de lanzarse a la batalla, los precandidatos deben entender lo obvio: si el PRM se rompe, el PRM pierde.
5. Mantener a los partidos aliados cohesivos a su alrededor.
Luis Abinader no será candidato en 2028. Su legado no dependerá de cuántas obras inaugure ni de cuántos discursos pronuncie. Dependerá de cómo maneje la sucesión interna y su salida del poder.
Si no logra imponer orden dentro de su partido, si no estructura una transición controlada, si no evita que las ambiciones individuales destruyan la cohesión interna, será recordado no solo como el presidente que llevó al PRM al poder, sino como el que lo dejó caer.
El PRM aún tiene tiempo para corregir su rumbo y su futuro. Nombres de precandidatos que no están aquí en este artículo tienen tiempo de construir su espacio todavía. Pero en política, el tiempo pasa rápido, y hoy el futuro de esa organización partidaria descansa en Luis Abinader, David Collado, Carolina Mejía, y Eduardo Sanz Lovatón.
La historia no perdona. La política, tampoco. El PRM tiene dos opciones: aprender de los errores del pasado o no repetirlos. Y en este país, los que no entienden la lección suelen terminar en la oposición.
Hasta el próximo artículo…