Marco Rubio en la ruta de una diplomacia olvidada.

Hay momentos en la política en los que el viento sopla con tal fuerza que las velas, más que hincharse, amenazan con romperse. Y en medio de esa turbulencia, hay figuras que logran mantener el timón firme, fijar un rumbo y navegar a contracorriente. Marco Rubio es uno de esos navegantes. Su propuesta de política exterior no es grandilocuente, no busca epatar con artificios ni distraer con juegos de espejos. Es, más bien, la de un hombre que entiende que la política no se juega en los márgenes, sino en el centro mismo del tablero, y que la estabilidad de un país empieza por su capacidad de construir relaciones estratégicas con su entorno inmediato.

Rubio ha comprendido algo esencial: Estados Unidos ha mirado demasiado tiempo hacia Oriente Medio, hacia Asia, hacia Europa, y ha olvidado, con una negligencia rayana en lo criminal, a su propio hemisferio. En este descuido, China ha extendido su influencia con un sigilo que no por predecible deja de ser alarmante; los gobiernos populistas han brotado como maleza en América Latina; las economías han colapsado o han sido absorbidas por el narcotráfico, y la migración irregular se ha disparado a niveles que, lejos de ser un fenómeno espontáneo, responden a un vacío de liderazgo.

Y ahí está Rubio, con una convicción a prueba de cinismos, diciendo lo obvio: América Latina importa. Importa no solo porque es la fuente de buena parte de los migrantes que atraviesan la frontera sur, sino porque su inestabilidad es un polvorín a punto de estallar en el patio trasero de Estados Unidos. Importa porque cada país en crisis es una oportunidad de expansión para China y Rusia, actores que han entendido lo que Washington ha tardado décadas en asumir: que el poder, en su estado más puro, no es otra cosa que la capacidad de influir en el destino de los otros y ampliar su frontera hacia otros países.

Rubio ha construido su discurso sobre una premisa fundamental: la seguridad de Estados Unidos empieza por la estabilidad de sus vecinos. No es un planteamiento filantrópico, no hay en él rastros de una nostalgia imperial ni de un ánimo redentor. Es, simplemente, la aplicación más pragmática de la diplomacia.

Su visión parte de la necesidad de replantear las relaciones bilaterales con los países latinoamericanos. La estrategia es clara: premiar a los aliados y endurecer el trato con los gobiernos que, en lugar de cooperar, han decidido jugar para la otra orilla. En este último grupo entran las dictaduras de Venezuela, Nicaragua y Cuba, países donde el autoritarismo ha echado raíces profundas, y cuyo debilitamiento, según Rubio, es crucial para la estabilidad de la región.

Pero incluso en el caso de los aliados, la relación necesita reajustes. Rubio insiste en que el compromiso de Estados Unidos no puede ser un cheque en blanco: el apoyo económico y diplomático debe estar condicionado a reformas concretas en materia de transparencia, Estado de derecho y combate al crimen organizado. No se trata, como han sugerido algunos críticos, de una política de chantaje, sino de establecer las bases de una relación más simétrica, donde la cooperación sea un camino de doble vía y no un monólogo.

El exsenador entiende que la crisis migratoria no se resuelve con muros ni con eslóganes incendiarios. Su propuesta apunta más alto: frenar el problema en la raíz. ¿Cómo? Con un enfoque que combina diplomacia económica, inversiones estratégicas y presión política. Si los países expulsores de migrantes logran desarrollar economías más sólidas, si sus sistemas políticos dejan de ser un engranaje de corrupción y desesperanza, si se les da la oportunidad de prosperar en sus propias tierras, el flujo migratorio se reducirá de manera natural.

Es, en esencia, la lógica del “Plan Colombia”, aquel ambicioso programa de cooperación que, con luces y sombras, logró transformar un país que en los años noventa era prácticamente un Estado fallido. Rubio quiere replicar ese modelo en Centroamérica, con El Salvador, Guatemala y Honduras como epicentros de un nuevo esfuerzo de estabilización regional. Pero hay una diferencia clave: esta vez, la estrategia no debe limitarse al combate del narcotráfico, sino incluir el fortalecimiento de las instituciones democráticas y la generación de oportunidades económicas.

Rubio no solo mira hacia América Latina con la urgencia de quien ve un incendio en la casa del vecino. También lo hace con la preocupación de quien sabe que, en esa región olvidada por Washington, se está librando una batalla silenciosa con consecuencias globales.

China ha desplegado su influencia con una precisión quirúrgica: ha financiado megaproyectos de infraestructura, ha comprado voluntades en los gobiernos, ha penetrado los mercados con su capital sin exigir, a cambio, los compromisos democráticos que impone Estados Unidos. La estrategia ha funcionado. Hoy, países como Panamá, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Honduras, República Dominicana  y Bolivia,  han estrechado lazos con Pekín, mientras que Argentina y Brasil mantienen relaciones ambiguas que, en el mejor de los casos, oscilan entre la conveniencia y la sumisión.

Rubio lo sabe. Y por eso insiste en que la política exterior de Estados Unidos debe abandonar su letargo y recuperar el terreno perdido. Su propuesta no es una cruzada ideológica, sino un llamado a la realpolitik: si Washington no llena los vacíos que ha dejado en la región, otros lo harán. Y lo harán con reglas distintas, con intereses que no siempre son compatibles con los de una región que, pese a su fragilidad, sigue siendo clave para la estabilidad del continente.

Pero el plan de Rubio, por bien diseñado que esté, enfrenta un obstáculo mayor: la indiferencia de un establishment político que sigue mirando hacia otras latitudes. América Latina no es una prioridad en la Casa Blanca, ni lo ha sido en décadas. La política exterior de Estados Unidos ha estado dominada por las crisis en Medio Oriente, la competencia con China en el Pacífico y la guerra en Ucrania.

Rubio lucha contra esa inercia. Su tarea no es solo diseñar una estrategia, sino convencer a su propio partido de que América Latina no es un asunto menor, que no se puede seguir administrando con parches, ni con las mismas recetas fallidas de siempre.

En un momento en que el mundo se encuentra en plena transformación, la propuesta de Rubio es más que una hoja de ruta para la política exterior. Es una advertencia. Porque si Estados Unidos sigue ignorando a su vecindario, pronto descubrirá que la amenaza no siempre llega desde lejos. A veces, está justo al lado.

La pregunta, entonces, no es si Marco Rubio que ya ha iniciado su ruta correcta—con su recorrido por Panamá, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y República Dominicana, donde cuenta con varios aliados—sino si Estados Unidos estará dispuesto a seguirla.

 ¿Estarán los estadounidenses listos para reconocer que las decisiones que tomemos en los países de Centroamérica y el Caribe tienen el poder de transformar no solo su seguridad, sino también el futuro de nuestras relaciones? Esa es la verdadera interrogante que queda en el aire.

 La iniciativa está en marcha; la respuesta, aún por escribirse.

Hasta el próximo artículo…

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Marino Berigüete

Diplomático de carrera,Abogado Máster en Ciencias Políticas, Máster en Relaciones Internaciones,UNPHU Postgrado Procedimiento Civil, UASD/ Escritor y Poeta.

Entradas Recientes

  • All Post
  • Artículos
  • Biografía
  • Comentarios y Recomendaciones de libros
  • De una sentada...
  • En doscientas palabras.
  • Piedradura
  • Poemas
  • Reseñas de libros.
  • Sin categoía

Actualizaciones por correo

Suscríbete a mí news letter para estar al tanto de mis últimas publicaciones.

You have been successfully Subscribed! Ops! Something went wrong, please try again.

© 2024 Marino Berigüete – Diseñado por Mas Pixell Web Services