Desde que era joven supe que el Spring Break era una emboscada disfrazada de paraíso. Lo veía en las películas: hileras de estudiantes estadounidenses huyendo del frío como migrantes del hedonismo, aterrizando en países donde la ley se relaja al ritmo del merengue o de un mariachi . Alcohol sin fondo, playas que nunca duermen, cuerpos al sol con fecha de caducidad. Lo que no cuentan la publicidad que es lo que pasa cuando la música se apaga y el sueño tropical se vuelve pesadilla.
El domingo 3 de marzo, Sudiksha Konanki llegó a República Dominicana con sus amigas para unas vacaciones que prometían ser inolvidables. Lo fueron. Tres días después, desapareció. La última imagen que quedó de ella es un fotograma de seguridad en el hotel: aparece junto a Joshua Steven Riibe, un estadounidense de 22 años. Después, nada.
Siempre me he preguntado por qué esos hoteles, que te graban hasta el bostezo en el lobby, de repente se vuelven ciegos en la playa. Misterios de la industria turística, donde hay cámaras para vigilar si metes una toalla en la maleta, pero no para registrar el momento en que alguien deja de existir. Y luego está el alcohol: adulterado, reciclado, falsificado con la precisión de un falsificador renacentista. Lo saben los dueños, lo saben los turistas, lo sabe hasta el bartender que te sonríe mientras llena tu vaso con gasolina disfrazada de ron.
El Ministerio de Turismo debería poner orden antes de que el Spring Break termine de sepultar lo poco que queda en pie. Bávaro-Punta Cana funciona como una república independiente donde la única constitución es el dólar. Empresas que exprimen hasta el último centavo, un gobierno que finge demencia, una migración haitiana sin regulación y un silencio generalizado, porque hablar de eso es abrir la caja de Pandora.
Los accidentes ocurren cada día, pero solo algunos llegan a los periódicos. Turistas que no vuelven, muertes que se entierran bajo la arena y un país que sigue vendiendo su postal sin preocuparse por el reverso. En esta fiesta sin reglas, el gran ausente es el Estado.
El Spring Break seguirá llenando hoteles y vendiendo la idea de que el Caribe es un parque temático donde todo vale. Pero la burbuja tiene grietas. Si la industria no se protege de sí misma, si el país sigue funcionando al filo de la improvisación, los turistas buscarán otro lugar donde quemar su dinero. Y entonces, cuando el desastre ya esté hecho, alguien preguntará qué pasó. Pero para entonces, el merengue habrá dejado de sonar.