La metáfora es el lugar invisible de la palabra en el que el ser humano descubre que el mundo no basta con ser visto: necesita ser dicho. Ese momento —que no pertenece a la historia sino a una especie de memoria anterior— es el origen de la metáfora. Porque nombrar no fue suficiente. El primer hombre que dijo “fuego” tal vez señaló una llama; pero el primero que dijo “el fuego del cielo” ya estaba fundando otra cosa: una relación secreta entre las cosas visibles y las invisibles. La metáfora nace allí, en esa insuficiencia del lenguaje literal, en esa sospecha de que la realidad es más vasta que sus nombres. No es, como suele enseñarse en los manuales escolares, una figura decorativa del lenguaje. No es un adorno. Es, más bien, una forma de conocimiento. Tal vez la más antigua. Antes de la ciencia, antes de la filosofía, el ser humano ya pensaba metafóricamente. Y acaso todavía hoy —a pesar de nuestras pretensiones de exactitud— seguimos comprendiendo el mundo a través de esas asociaciones profundas que no obedecen a la lógica, sino a una intuición. Como recuerda Aristóteles en su Poética, la metáfora consiste en “dar a una cosa un nombre que pertenece a otra”. Pero esta definición, precisa y fundacional, apenas roza el misterio. Porque lo que Aristóteles intuyó —y que la tradición retórica heredó— es solo el mecanismo visible de algo más profundo: el desplazamiento del sentido. La metáfora no sustituye: revela. Decir “el tiempo es un río” no es simplemente reemplazar una palabra por otra. Es aceptar que el tiempo fluye, arrastra, transforma, no se detiene. Es comprender el tiempo no como una abstracción, sino como una experiencia. En ese gesto, la metáfora no embellece el pensamiento: lo vuelve habitable. En América Latina, donde la realidad ha sido siempre más intensa que sus relatos, la metáfora ha sido una forma de resistencia. No solo frente al poder, sino frente a la simplificación. Nuestros cronistas, nuestros poetas, nuestros narradores han sabido que el continente no puede ser explicado: debe ser imaginado. Por eso, cuando Octavio Paz afirma que “la metáfora no es un simple recurso retórico, sino una revelación de la identidad entre dos términos aparentemente distintos” (Paz 98), está señalando algo esencial: la metáfora une lo que la razón separa. Y en esa unión, funda un conocimiento que no es racional ni irracional, sino poético. Ese conocimiento es el que permite que el poeta diga, por ejemplo: “El poema es una casa donde el silencio aprende a hablar.” No hay aquí un juego verbal. Hay una intuición: que el poema no es solo palabras, sino un espacio donde lo no dicho encuentra forma. Que el silencio no es ausencia, sino potencia. Y que el lenguaje —cuando es verdadero— no describe el mundo, sino que lo reconfigura. La metáfora, entonces, no pertenece exclusivamente a la literatura. Está en la manera en que pensamos, en la manera en que sentimos. Cuando decimos que alguien “carga con su pasado”, estamos haciendo una metáfora. Cuando hablamos de “una herida que no cierra”, estamos trasladando una experiencia física al terreno de la memoria. Como señala George Lakoff, la metáfora es estructural: organiza nuestro cotidiano (Lakoff y Johnson 3). No es un lujo del poeta: es una necesidad del ser humano. Sin embargo, es en la poesía donde la metáfora alcanza su forma más pura. Porque el poeta no la utiliza para explicar, sino para revelar. No busca claridad, sino intensidad. Y en ese sentido, la metáfora poética es siempre un riesgo: el riesgo de decir lo indecible. En la tradición hispanoamericana, pocos han comprendido esto con tanta profundidad como César Vallejo. En su poesía, la metáfora no es una comparación elegante, sino una fractura del lenguaje. Cuando escribe “me moriré en París con aguacero”, no está informando un hecho: está construyendo un destino. La metáfora se vuelve profecía. Y, sin embargo, hay otra dimensión de la metáfora que suele olvidarse: su relación con la memoria. Recordamos metafóricamente. No conservamos los hechos: conservamos las imágenes. El pasado no es una secuencia de acontecimientos, sino un conjunto de símbolos. Una casa, un olor, una luz en la tarde. Y cuando intentamos recuperar ese pasado, recurrimos inevitablemente a la metáfora. En ese sentido, la escritura —especialmente la escritura poética— es un intento de fijar lo que no puede fijarse. Decir, por ejemplo: “Escribo con sal en las manos.” Es reconocer que la escritura no es un acto abstracto. Que está atravesada por la experiencia, por la mar, por la memoria. Que hay una geografía en la palabra. Y que esa geografía no se describe: se encarna. Esta forma de entender la metáfora nos lleva a una pregunta inevitable: ¿por qué necesitamos decir las cosas de otro modo? Tal vez porque el lenguaje directo no basta. Porque hay experiencias que no pueden ser capturadas por la descripción. El dolor, el amor, la pérdida, la nostalgia: todas estas experiencias desbordan el lenguaje literal. Y es allí donde la metáfora interviene, no como un recurso estético, sino como una herramienta de supervivencia. Como escribe Jorge Luis Borges, “toda metáfora es, en el fondo, una forma de recordar que el universo es simbólico”. Y en esa afirmación hay una intuición profunda: que el mundo no está hecho solo de cosas, sino de significados. La metáfora, entonces, no es una invención del poeta. Es una forma de leer el mundo. Pero también es una forma de transformarlo. En sociedades donde el discurso público tiende a la simplificación, donde el lenguaje se vuelve instrumento de poder, la metáfora puede ser un acto de resistencia. Porque obliga a pensar, a detenerse, a interpretar. No ofrece respuestas: abre preguntas. En ese sentido, la metáfora es profundamente política. No en el sentido ideológico, sino en el sentido más radical: como una forma de recuperar la complejidad del mundo. El poeta —y aquí conviene recordarlo— no es un decorador del lenguaje. Es un explorador. Alguien que se adentra en las zonas donde el
Sabiduría y misterio en Marino Berigüete
“El ser se disuelve en la nada”. MB. Basilio Belliard Si bien la pregunta por el hombre y su ser en el tiempo, parece una cuestión ontológica o una pregunta central en la mente de un filósofo o de un teólogo, no menos cierto es que también puede ser la metáfora esencial del imaginario de un poeta. Preguntarse retóricamente sin esperar respuesta lógica es una forma de pedir peras al olmo. Y es lo que ha tratado de dibujar poéticamente Marino Berigüete (1962) con su libro Donde empieza el hombre (Círculo de Poesía, México, 2024). Se trata de una pieza de orfebrería lírica y metafísica, que nos remite a una honda sabiduría ancestral y a las preguntas que siempre han inquietado al hombre, como “ser en el mundo”. Berigüete bebe en los manantiales de la tradición de la poesía filosófica y aforística, y en la tradición de la poesía del pensamiento, pero aderezada con los alimentos de la experiencia vital de los sentidos, con visiones sensibles, sedimentadas con su memoria sensorial y con la cotidianidad de las cosas del mundo. Articulado en base a conjunciones y disyunciones, su voz lírica teje el misterio de la vida, entre el tiempo y el espacio, la luz y la sombra. El poeta se pregunta por el hombre ante la angustia no por su destino sino por su origen. Es decir, el génesis antes que el apocalipsis: principio y fin de un diálogo entre el hombre y la naturaleza, el pensamiento y la vida. El narrador Berigüete, sorprende con este poemario por su madurez no solo creativa sino por su profundidad y por el misterio que encierran sus versos, cargados de ideas y pensamientos. Funda un mundo de palabras que se encabalgan entre el silencio y la voz, y en un soliloquio entre la luz y la sombra del ser, la plenitud y el vacío de la memoria. Donde empieza el hombre es un viaje a la infancia, recuperada por la nostalgia y la memoria, donde está la fuente de toda sabiduría. Rilke dijo: “La patria es la infancia”. Y no erró, pues es la etapa de la vida humana de la libertad, los sueños y las ilusiones, donde se anidan o incuban las historias y los deseos, que son como los ríos y los mares que flotan en el aire. O “nuestras vidas que son los ríos que van a parar en la mar, que es el morir”, como dijera hace muchos años Jorge Manrique. Berigüete crea un clima de desolación, abulia y pesimismo, un laberinto de la muerte como destino y viaje temporal, entre la voluntad y la memoria, el deseo y lo inefable, la melancolía y el tedio vitae. Si bien el tiempo es el centro de gravedad de toda metafísica, desde su origen, en este poemario, el tiempo es el protagonista del acto lírico, la piedra angular, que le inyecta e irradia movimiento al presente del poema. Si el tiempo es la esencia de toda metafísica (“o la sustancia de la que estamos hechos”, como dijera Borges), este poemario es esencialmente metafísico. Como la poesía es presente –es decir: tiempo presente, no pasado– el poema pugna entre el instante y la eternidad, como la vida del hombre y del poeta, que se deshace, y cuyo deshacimiento, lo conmueve, entristece y perturba. Si el tiempo es el eje central de esta obra poética, también lo es la muerte. Tiempo y muerte, temporalidad y mortalidad, son pues los ejes gravitacionales en que transcurre. Son los polos magnéticos en que transcurre la órbita cósmica del universo de símbolos que instaura Berigüete en las páginas de este libro. A la oposición binaria tiempo y muerte, agrego otra oposición: ciudad y campo. Oigamos al poeta: “La ciudad me envuelve con abrazo frío en su trama de espejos mi imagen se pierde me devuelvo en la multitud de rostros sin nombre”. (Poema XXXIV, p. 70). Es poesía de experiencia y de visiones: no libresca, pues se nutre y alimenta de la vida misma. Está marcada y matizada por la angustia del vivir y los imperativos del tiempo que devora su existencia terrenal. Crea así un clima, una atmósfera de desolación e incertidumbre. La poesía deviene aquí poesía del desencanto y del desengaño del mundo. Se nutre de los elementos de la naturaleza, que son el origen de todo lo existente: el agua, el aire, la luz, el viento, el río, el mar, los árboles, los pájaros, el eco, el silencio y la voz. Poesía de cielo abierto y de espacios; poesía que se alimenta de espacio y de tiempo; poesía que busca develar los secretos del cosmos, del infinito del mundo. Ascenso y descenso, caída hacia arriba: comienzo y fin de las cosas, en un eterno y perpetuo laberinto. Circularidad del ser que anhela eternidad y cuya búsqueda de eternidad, lo atormenta. El poeta aquí aborda poéticamente los grandes temas metafísicos y teológicos que siempre han atormentado e inquietado al hombre: cosmología y cosmogonía, mitología y alquimia. El alma y la ciudad se abrazan en un diálogo de sordos. La ciudad es también otro de los ejes que matiza el dilema existencial del poeta, que se bate entre el cuerpo y el espíritu por explicar el mundo y se resigna, vencido por lo inexorable. Visión y ceguera, búsqueda de la verdad de las cosas a través de la poesía, como querían los románticos y el malogrado John Keats (“La belleza es verdad”), en una aventura estética entre la oscuridad y la luz, la penumbra y la sombra del tiempo: sus reminiscencias y su devenir olvido. Nacimiento y muerte que no espera resurrección, sino resignación teleológica del ser y su camino de incertidumbre. Marino Berigüete refleja ser un poeta del tiempo. Un sujeto poético dominado por la temporalidad como destino, envejecimiento y memoria, para quien escribir poesía se ha transformado en oficio de vivir, estilo de vida y porvenir lúdico, que pone en crisis el trabajo. O la vida como oficio que crea la abulia
Carta abierta a un poeta futuro
Apreciado poeta: Te escribo esta carta en el Día del Poeta, aunque sospecho que ese día no existe como fecha fija en un verdadero poeta. No ocurre en el calendario, sino en ciertos momentos: cuando todos duermen y alguien, en una habitación apenas iluminada, decide no rendirse ante el silencio. No es una celebración pública ni una efeméride reconocible. Es una insistencia privada, casi secreta de ser poeta. No es tampoco, debo decirlo desde el inicio, una carta como la que escribió Rainer María Rilke al joven cadete Franz Xaver Kappus. Aquella correspondencia buscaba orientar. Esta, en cambio, intenta describir. No ofrece un camino claro, sino un conjunto de tensiones que definen el oficio. Anoche, por ejemplo, eran las 2:17. Lo sé porque miré el reloj después de tachar tres veces el mismo verso. El apartamento estaba en calma, pero dentro de mí persistía una incomodidad difícil de nombrar, como si algo golpeara desde adentro pidiendo salir. No era una idea ni una imagen. Era una presión difusa, una fiebre leve. Ahí empieza casi todo. No en la inspiración, como suele repetirse, sino en una molestia que no se resuelve. El acto de escribir nace, con frecuencia, de una fricción interna. Uno se sienta, escribe una línea, la borra, la reescribe. Sustituye una palabra por otra que resulta igual de insuficiente. Y, aun así, insiste. Porque en esa repetición hay algo más que un intento estético: hay una forma de resistencia. Recuerdo haber leído a César Vallejo decir que escribir era una forma de no morir. Durante mucho tiempo interpreté esa idea como una exageración poética. Hoy la entiendo de otra manera: no es que la escritura nos salve, sino que nos permite postergar, por un instante, la caída. Escribir no elimina el vacío, pero lo vuelve habitable. Sin embargo, sería un error reducir la experiencia del poeta a esas noches intensas. Hay días en que no ocurre nada. Días en los que el lenguaje no responde. Se abre el cuaderno, se toma el lápiz, y lo único que se escucha es el roce seco sobre el papel. Aparece un verso correcto, incluso bello, pero carente de vida. No basta con que esté bien construido. La corrección formal no garantiza la verdad. Y el poeta, tarde o temprano, aprende a reconocer esa diferencia. A esos periodos los llamo días de resequedad. En una ocasión pasé casi dos semanas escribiendo todos los días a la misma hora. Había disciplina, método, constancia. Me sentaba, releía, corregía. Al final, lo único que había acumulado eran páginas impecables desde el punto de vista técnico y completamente vacías desde el punto de vista vital. Fue entonces cuando comprendí que la poesía no se produce en el sentido industrial del término. Puede esperarse, provocarse, incluso forzarse en ciertos momentos, pero nunca se fabrica por completo. En ese proceso recordé a T. S. Eliot, quien afirmaba que la poesía es una huida de la personalidad. Durante años asumí esa idea como un mandato: desaparecer para escribir mejor. Hoy sospecho lo contrario. No se trata de huir de lo que uno es, sino de escribir desde aquello que no logra abandonar. La voz no surge de la negación, sino de una forma particular de permanencia. Conviene también desmitificar otro aspecto: el mundo de los poetas no es necesariamente generoso. Existe una tensión constante, aunque rara vez se explicite. Leemos a otros con admiración genuina, pero también con una inquietud silenciosa. Nos preguntamos por qué ciertos versos alcanzan una intensidad que los nuestros no logran. Por qué algunos libros encuentran lectores mientras otros permanecen cerrados en cajas. No es envidia en su forma evidente, sino una comparación persistente, casi inevitable. Yo también quise ser muchos poetas. Quise escribir con la claridad de Octavio Paz, donde cada palabra parece abrir un pensamiento. Quise perderme en los laberintos de Jorge Luis Borges, donde una frase puede contener siglos. Intenté aproximarme a la oscuridad de Charles Baudelaire, a esa capacidad de encontrar belleza en lo que otros evitan mirar. Leí obsesivamente a Rubén Darío, tratando de comprender cómo lograba que el idioma adquiriera una musicalidad casi física. Y, como muchos, pasé por Pablo Neruda, con la convicción de que la poesía podía nombrarlo todo: lo íntimo, lo cotidiano, lo material. Pero en ese recorrido había una falla. Cada intento de parecerme a ellos me alejaba de una zona más esencial. Los poemas empezaban a funcionar, pero no me pertenecían. Eran correctos, incluso logrados, pero derivativos. Y esa distancia, aunque al inicio pueda parecer un aprendizaje necesario, termina por agotarse. La voz propia no apareció como un descubrimiento súbito, sino como una renuncia progresiva. Tuve que abandonar la idea de escribir como “debía ser” para empezar a escribir como me era posible. Eso implicó aceptar una forma más irregular, a veces torpe, a veces incómoda. Pero también más honesta. Porque la autenticidad en la escritura no radica en la perfección, sino en el esfuerzo por no mentirse del todo. Escribir desde ese lugar implica aceptar límites. Implica reconocer que no siempre se sabe lo que se está diciendo, que el error es frecuente, que muchos textos no llegan a concretarse. Pero también implica desarrollar una sensibilidad para identificar cuando algo sí ocurre. Es difícil de definir, pero reconocible: una línea que no requiere corrección, una imagen que se sostiene por sí misma. Cuando terminé mi tercer libro, no hubo celebración. Pero quise acercarme a un editor internacional. Cerré el archivo, lo imprimí y lo dejé sobre la mesa. Lo observé durante un largo rato. Lo que sentí no fue orgullo, sino una forma de silencio, como si hubiera concluido una conversación sin posibilidad de respuesta. Después comenzó otra etapa. Enviar el manuscrito, esperar, revisar el correo con una expectativa desproporcionada. Recibir respuestas formales que agradecen el envío y concluyen en un rechazo. O, en muchos casos, no recibir respuesta alguna. Ahí se revela otra dimensión del oficio. Los editores no leen con los mismos criterios que los poetas. Su lectura está atravesada
Julio Cortázar "Obra crítica".
No es un anuncio: es una invitación.Este primer viernes del año abro una puerta lenta.Empiezo una sesión quincenal, cada viernes, en mi página oficial, para recomendar libros como quien comparte un abrazo: no para deslumbrar, sino para quedarse a escuchar.Quise comenzar con Obra crítica de Julio Cortázar.No como homenaje, sino como aprendizaje.Aquí el escritor se quita el disfraz del genio y se muestra lector atento, riguroso, generoso. Cortázar lee a otros para entenderse a sí mismo, y al hacerlo nos enseña que la crítica no es un gesto de superioridad, sino una forma profunda de amor por la literatura.En estas páginas se aprende a mirar cómo piensa un escritor cuando piensa en serio: cuando cruza la poesía con la novela, el ensayo con el teatro, cuando sabe que los géneros no son fronteras sino caminos que se tocan. Su crítica no sentencia: dialoga. No clausura: abre. No exhibe erudición: la pone a trabajar.Recomendar este libro es invitar a leer con más conciencia, a escribir con más humildad, a recordar que la literatura no se hereda: se conquista cada día, línea a línea, leyendo bien.Que este primer viernes sea eso:el inicio de una conversación larga, sin prisa, con libros que saben quedarse.
Luis García Montero y la poesía de la experiencia.
Conocí la poesía de Luis García Montero antes de reconocerla, porque hay palabras que se nos aparecen como rumores que no comprendemos, como melodías que creemos pasajeras y que más tarde descubrimos que son la música de nuestra propia vida, y aunque había encontrado sus versos en alguna antología, en revistas que recogen las voces de un tiempo, no fue sino en una tarde hondureña, conversando con el poeta Rolando Kattán, cuando esas tres palabras, “la poesía de la experiencia”, me sonaron no como una definición ni como una etiqueta, sino como un destino, y en la voz de aquel poeta hondureño había menos el tono frío de la clasificación que la calidez de quien comparte un secreto, la certeza de que allí no se nombra una escuela ni un método, sino una manera de vivir la poesía y de vivir la vida. Esa misma noche, obedeciendo a lo que sólo puede llamarse un presentimiento, busqué los poemas de García Montero, y no comencé por los estudios críticos ni por los prólogos que explican lo que nadie puede explicar, porque la poesía no se revela en la teoría sino en la respiración de los versos, y allí estaban: calles, habitaciones, conversaciones, escenas de lo común, pero que bajo la luz de la palabra adquirían una dimensión de revelación, como si la realidad, al ser nombrada, se recordara a sí misma en lo que tiene de esencial. Y comprendí entonces que estaba ante una poesía que no se escribía contra la vida, ni por encima de ella, sino desde la vida misma, con la fidelidad de quien sabe que la presente basta, que el instante cotidiano puede contener, como una semilla, todo lo absoluto. Ese hallazgo me arrastró, como arrastran las verdaderas revelaciones, a una fiebre de lecturas. Me encontré entonces con Ángel González, cuya melancolía se iluminaba siempre con una ternura irrenunciable; con Jaime Gil de Biedma, que en su ironía demoledora había hecho de la biografía un espejo generacional; con Benjamín Prado, cuya voz tenía la cercanía de una conversación nocturna entre amigos. Todos ellos parecían responder a una misma intuición: devolver a la poesía su respiración natural, salvarla de la solemnidad que la convierte en mausoleo, arrancarla de la abstracción que la disuelve en humo y devolverla al aire cercano de la conversación. No se trataba de negar la tradición, sino de renovarla, de recordarnos que la poesía no se refugia en lo extraordinario, sino que revela lo extraordinario en lo común. La confirmación definitiva llegó en Santo Domingo, en un encuentro de Centroamérica Cuenta, donde escuché a García Montero leer sus propios versos, y fue allí donde supe que lo que había sentido en la lectura era apenas una parte de lo que transmitía su voz. Tenía la serenidad de quien sabe que el dolor no necesita solemnidad, la ternura de quien entiende que la intimidad también es un acto político, y hablaba no como un esteta distante sino como un ciudadano entre ciudadanos, como alguien que conversa y confía. Cada poema era una confidencia compartida, una invitación a reconocerse en lo que parecía personal y terminaba siendo común. Y comprendí entonces que aquella expresión, “poesía de la experiencia”, no designaba una técnica ni una corriente literaria, sino una manera de estar en el mundo: la convicción de que lo vivido es materia suficiente, de que el presente no necesita adornos para volverse profundo, de que el poema no inventa mundos ideales, sino que ilumina la intensidad secreta del mundo real. Pero toda corriente nueva es también herencia, y la poesía de la experiencia hunde sus raíces en voces anteriores. En Antonio Machado, que supo unir paisaje y conciencia, y que descubrió que un hombre caminando por los campos de Castilla es también un hombre caminando por su conciencia; en Luis Cernuda, que nos mostró que la intimidad desgarrada puede tener la resonancia de la eternidad; en los poetas sociales de posguerra, que devolvieron a la poesía el tono de lo cívico, la misión de hablar desde la historia. Sin embargo, en los años ochenta, García Montero y los suyos dieron un giro decisivo: introdujeron el tono conversacional, la ironía discreta, la intimidad sin adornos, y consolidaron una voz que podía unir memoria y actualidad, lo personal y lo colectivo, la ternura de lo íntimo y la vigilia de lo histórico. Ángel González había mostrado ya que la sencillez podía ser luminosa, Gil de Biedma que una biografía privada podía convertirse en metáfora de un país, y García Montero reunió esas lecciones en una voz que entendió que no hay que buscar lo extraordinario en lo lejano, sino en lo cercano, que, en una calle cualquiera, en una casa cualquiera, en una conversación cualquiera, laten las preguntas más antiguas sobre el tiempo, el amor, la pérdida, la fragilidad de la memoria. Y en sus versos se confirma que lo íntimo y lo cívico no son dos ámbitos separados, sino dos caras de la misma moneda. El poeta que habla de una cama compartida es también el ciudadano que reflexiona sobre la historia y sobre las injusticias, no desde la proclama ni desde la consigna, sino desde la convicción de que lo personal es político, de que en cada gesto íntimo resuenan las tensiones de lo colectivo. Así, una casa puede ser metáfora de un país, un jardín puede ser metáfora de la esperanza, una conversación familiar puede iluminar un destino histórico. No se puede vivir de espaldas a la historia, nos dice su poesía, pero tampoco se puede vivir sin el consuelo de lo íntimo, y en esa doble lealtad, la de la memoria colectiva y la de la vida privada, está la fuerza de su voz. Nada revela tanto su poética como su manera de hablar del amor. No es el amor idealizado del romanticismo, ni el amor abstracto de ciertas vanguardias, sino el amor concreto, un viaje en tren, una conversación de madrugada, una habitación de hotel convertida en isla. Ese amor es pertenencia
Homero y el origen del viaje
Leí a Homero cuando era un joven, y desde entonces descubrí que la vida era una aventura y un viaje. Aquel encuentro fue como abrir un libro escrito no para los hombres de una época, sino para todos los tiempos. No recuerdo haber sentido con otros autores juveniles esa vibración de origen, esa certeza de que no estaba simplemente leyendo un relato, sino escuchando la respiración de la humanidad misma. Con Homero no se trata de un pasado que contemplamos desde lejos, sino de un presente que nos involucra. “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”, dice el inicio de La Ilíada, y ese imperativo me alcanzó como si la musa me hablara a mí. Desde entonces entendí que la vida no es una sucesión de hechos predecibles, sino una cadena de pruebas y extravíos. En las páginas de Homero descubrí que el héroe no es el que siempre triunfa, sino aquel que soporta el peso de su destino. Descubrí que la guerra y el viaje son las dos metáforas esenciales de la existencia: luchar y errar, confrontar y buscar, resistir y regresar. La primera paradoja es que nadie sabe quién fue Homero. Los filólogos discuten si existió un poeta ciego que recitaba de memoria, o si más bien fue una tradición oral acumulada por generaciones. Pero lo esencial no es la biografía, sino la voz. Homero es la voz de un pueblo que aprendió a contarse a sí mismo para no desaparecer. Una voz que, como dijo Borges, “es la suma de muchas voces, y por eso resuena en todos los hombres”. Esa voz no narra con la frialdad de un historiador, sino con la cadencia de alguien que canta para preservar. Por eso no hay explicación preliminar ni prólogo que prepare al lector: entramos directamente en la cólera de Aquiles o en el extravío de Ulises. Es un mundo donde el relato está siempre en marcha, donde el poema es río que no admite comienzos absolutos. Cuando leí La Ilíada, me deslumbró la figura de Aquiles. Era el héroe que podía decidir el destino de una batalla con su sola presencia. Pero pronto descubrí que Homero no lo pinta como un ídolo luminoso, sino como un ser contradictorio. Su fuerza es su condena. Su orgullo lo aparta de sus compañeros. Su cólera es tan devastadora como los ejércitos enemigos. Hay un pasaje que nunca olvidé. Cuando Aquiles, tras la muerte de Patroclo, vuelve al combate, Homero lo describe como una fuerza sobrehumana: “Brillaba en torno de la cabeza del héroe una llama encendida por la diosa Atenea, y de sus hombros irradiaba un fuego resplandeciente”. No es un hombre, es un incendio. Y, sin embargo, ese mismo héroe que parece invencible, llora como un niño por su amigo perdido. En esa tensión entre poder y fragilidad está toda la humanidad. La guerra, en Homero, no es solo épica. Es también compasión. Cada vez que muere un soldado, el poeta nos da su nombre, su linaje, su historia. Homero se niega a que la muerte sea anónima. Al narrar la caída de Sarpedón, hijo de Zeus, no se limita a registrar el hecho: “Cayó como cae un roble, un álamo o un pino que los hombres cortan con hachas en la montaña”. La muerte del guerrero se confunde con la caída de la naturaleza misma. Así entendí que Homero no glorifica la guerra: la muestra. Nos obliga a mirarla con toda su crueldad y su esplendor. Y al hacerlo, revela que la verdadera lección no está en vencer, sino en comprender lo efímero de la gloria. Si La Ilíada es la guerra, La Odisea es el regreso. Ulises no es el más fuerte ni el más noble, es el más astuto. Su viaje es una sucesión de pruebas donde la inteligencia vale más que la espada. Cuando enfrenta al cíclope Polifemo, no lo derrota con fuerza, sino con palabras, con la astucia de llamarse Nadie para engañar al monstruo. Ese episodio, leído en la juventud, me enseñó que la palabra puede ser más poderosa que el hierro. Que en un mundo hostil, el ingenio es un arma secreta. Y, sobre todo, que la identidad es frágil: basta un nombre inventado para salvar la vida, basta un engaño para ganar tiempo. Pero lo que más me impresionó de La Odisea no fueron los monstruos, sino las tentaciones. En la isla de los lotófagos, los hombres de Ulises olvidan el regreso y quieren quedarse para siempre. “Quien probaba aquel fruto no deseaba volver, sino quedarse allí con los lotófagos, comiendo loto y olvidando su patria”. Esa imagen es una advertencia contra todas las formas de olvido: la droga, la comodidad, el falso paraíso. En el canto de las sirenas, Ulises enseña otra lección: no basta con resistir la tentación, hay que escucharla sin sucumbir. Se hace atar al mástil de su barco para oír el canto sin rendirse a él. Ese gesto es metáfora de toda disciplina humana: saber enfrentar la belleza que puede destruirnos sin dejar de admirarla. El regreso a Ítaca no es simplemente el final de un viaje, es el descubrimiento de que el hogar cambia cuando uno cambia. Ulises vuelve disfrazado, pone a prueba a Penélope, mata a los pretendientes. No regresa como partió. Y tal vez eso es lo que hace del viaje una metáfora de la vida: no hay retorno idéntico. Cada regreso es a un lugar transformado, porque quien vuelve ya no es el mismo. Lo asombroso de Homero no es solo lo que dijo, sino lo que engendró. Virgilio, Dante, Joyce: todos dialogaron con él. En cierto modo, toda literatura occidental es un eco de Homero. Cuando Virgilio escribe la Eneida, lo hace desde el trauma de Troya. Cuando Dante imagina su Comedia, se piensa a sí mismo como un viajero entre mundos. Cuando Joyce reinventa a Ulises en Dublín, demuestra que el mito no necesita islas lejanas para subsistir: basta con las calles de una ciudad moderna. Ese legado invisible
Don Quijote y Don Juan Bosch.
“Leed el Quijote veintiséis veces.” Eso me dijo Don Juan Bosch la primera vez que lo visité, tembloroso y con un libro bajo el brazo. Yo esperaba una receta secreta para convertirme en escritor, un truco de alquimia verbal que me evitara los caminos arduos. Y recibí, en cambio, esa frase seca, contundente, que en aquel momento juzgué como un desvarío de viejo. Años más tarde entendí que ese consejo contenía, como en un cofre sellado, la verdadera pedagogía de la literatura. Bosch no era un maestro de fórmulas fáciles. Había sido presidente, había sido exiliado, había cargado sobre sus hombros la historia convulsa del Caribe, y, sin embargo, cuando hablaba de literatura, lo hacía con la sobriedad del campesino que ofrece un consejo práctico: sembrar, esperar, volver a sembrar. El Quijote, ese libro interminable, era para él la tierra misma, la cosecha inagotable. ¿Qué significa leer un libro veintiséis veces? En un tiempo de inmediatez, donde los jóvenes cambian de pantalla cada treinta segundos, la idea parece absurda. Pero Bosch sabía que un clásico no se agota. Cervantes, en su aparente humor y desvarío, construyó una máquina de infinito. Borges lo intuyó: “El Quijote es el único libro que contiene todos los libros”. Y Unamuno, mucho antes, había visto en el caballero de la triste figura el símbolo de una España que no podía vivir sin idealismo. El propio Cervantes, que pasó hambre, cárceles y derrotas, no escribió un manual de caballería ni un tratado moral. Escribió una parodia que con los siglos se convirtió en revelación. “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, dice don Quijote. Esa frase sola podría justificar la lectura repetida que Bosch exigía. Porque cada vuelta de página no revela lo mismo: un adolescente encontrará comicidad en los molinos; un adulto, la tragedia de un hombre vencido; y un anciano, la dulce ironía de la memoria que se deshace. Don Juan Bosch conocía la derrota. No la derrota pequeña del escritor rechazado, sino la derrota mayor del político que sueña con la democracia en un continente entregado a dictaduras y caudillismos. Su breve presidencia en 1963 fue truncada por un golpe militar apenas siete meses después de iniciada. Como Cervantes en Lepanto, como Cervantes en las mazmorras de Argel, Bosch cargó con la experiencia de la desposesión. Y aquí surge el vínculo secreto: tanto Cervantes como Bosch sabían que el fracaso no es lo contrario del idealismo, sino su condición. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, proclama el caballero en la Sierra Morena. Bosch, en su discurso de toma de posesión, dijo: “Venimos a demostrar que un pueblo pequeño, si sabe organizarse y educarse, puede ser grande en dignidad y justicia”. Ambas frases son, en esencia, la misma: un canto a la libertad contra el poder arbitrario. Si Cervantes inventó un loco para reírse de los libros de caballería y terminó regalando al mundo el arquetipo del soñador incorruptible, Bosch fundó un partido, escribió cuentos campesinos, diseñó constituciones, y todo le fue arrebatado. Sin embargo, lo que sobrevive es lo mismo: la palabra. La palabra que levanta a un pueblo. Recuerdo haberlo esperado en su biblioteca. Ese espacio tenía algo de santuario: libros apilados como ladrillos de una fortaleza invisible. Bosch entró con la serenidad del que sabe que el tiempo es breve y, a la vez, eterno. Recibió mi poemario sin solemnidad. Y cuando le pregunté qué debía hacer para ser escritor, me miró con la acostumbrada paciencia de los maestros. No me habló de técnica, de estilo, de retórica. Me habló de repetición. Me habló de El Quijote. Como si la única academia posible fuera la insistencia, la perseverancia, la terquedad de volver una y otra vez sobre las mismas páginas hasta que el espíritu se contagie de su música. En aquel instante pensé que el profesor ya no estaba bien. Hoy entiendo que era yo el que no había madurado. Él sabía que la verdadera formación no está en las universidades, sino en esa relación íntima, casi amorosa, con un libro inagotable. ¿Qué significa leer El Quijote veintiséis veces? Significa aprender que el humor es inseparable de la tragedia. Que la dignidad se mide no por la victoria, sino por la obstinación. Que la locura del idealista es la más lúcida respuesta al cinismo del mundo. Bosch insistía en Cervantes porque sabía que en el Caribe y en América Latina abundan los Sanchos: realistas, prácticos, resignados. Pero también necesitamos Quijotes: hombres y mujeres que, aun sabiendo la inutilidad de su empresa, cabalgan. De ese choque surge la historia. Bosch mismo fue un Quijote político, montado en la imposible tarea de construir democracia en tierras de caudillos. Por eso la lección no era meramente literaria: era política, era ética. Leer El Quijote veintiséis veces era aprender a fracasar con estilo, a mantener la fe en la libertad incluso cuando la historia parece devorarlo todo. Quizás por eso, cada vez que abrimos El Quijote en América Latina, sentimos que nos está hablando directamente. Somos pueblos que han vivido entre la esperanza y la derrota, entre la utopía y la traición. Cada independencia prometió una Ínsula Barataria y terminó en golpes, caudillos, dictaduras. Cada reforma soñó con molinos que eran, en realidad, gigantes. Juan Bosch escribió en Apuntes de cultura política dominicana: “Los pueblos que no aprenden de su historia están condenados a repetirla, y lo repiten siempre de la manera más dolorosa”. Esa advertencia podría figurar en boca de Cervantes, porque don Quijote mismo es la repetición del error, la insistencia en una lectura equivocada que, sin embargo, genera sentido. América es ese caballero que sueña con reinos imposibles y tropieza una y otra vez, pero no abandona la empresa. Con los años, seguí el consejo de Bosch. Cada vez que regreso a Cervantes encuentro un matiz nuevo. A veces leo al Quijote como un niño: riéndome de su torpeza. A veces lo leo como un
El fotógrafo.
(Para Cheíto el fotógrafo del mi pueblo) El fotógrafo alzó su caja de luz. Esperó siempre el instante callado. Sin saber nada, guardaba la hora. Un niño quieto, la sombra de un perro. La boda ardía en la plaza en silencio. El muro blanco sostenía su calma. Su mano leve detenía la brisa. Hoy su ventana descansa cerrada. El polvo cubre la huella en la mesa. Mas en los rostros persiste su llama. Vive su ojo en la sombra del día. El alma espera sin ruido ni tiempo. Nada se pierde si el mirar lo guarda.
El espejismo de la ciudadanía.
Hay palabras que, con el tiempo, pierden su peso específico, se vacían de contenido y se convierten en una especie de espejismo: se pronuncian con solemnidad, se escriben en leyes y constituciones, pero en la práctica se disuelven como humo. Una de esas palabras es “ciudadanía”. Para algunos sigue siendo el símbolo máximo de pertenencia y derechos; para otros, apenas una formalidad que el Estado puede otorgar o quitar a su antojo. Y en países como el nuestro, aunque algunos no lo quieran ver, la ciudadanía se ha convertido en el campo de batalla donde se juega, quizá sin que lo sepamos del todo, el destino de nuestra democracia. La Sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional es un ejemplo contundente. Un día, miles de personas eran dominicanos: tenían actas de nacimiento, iban a la escuela, trabajaban, votaban, construían su vida con la certeza mínima de pertenecer a un país. Al día siguiente, dejaron de serlo. La sentencia reinterpretó el concepto de “en tránsito” para aplicarlo retroactivamente a todos los hijos de inmigrantes en situación irregular, especialmente haitianos, nacidos en el país desde 1929. Así, con un golpe de pluma, se borró la existencia jurídica de generaciones enteras. De un día para otro, se convirtieron en apátridas. Podría pensarse que se trata de un debate técnico, un problema de derecho comparado o de interpretación constitucional. Nada más falso. Lo que está en juego es la sustancia misma de la democracia. Hannah Arendt, que conoció de cerca la experiencia de los refugiados y los despojados de ciudadanía en Europa, lo escribió con lucidez: perder la ciudadanía es perder “el derecho a tener derechos”. Es decir, caer en un limbo en el que ya no se pertenece al mundo político, donde el individuo se convierte en un ser humano superfluo. En el país, ese drama se encarna en miles de descendientes de haitianos que, nacidos y criados en el país, fueron expulsados simbólicamente del nosotros colectivo. Se les negó la pertenencia, se les convirtió en extranjeros en la tierra donde nacieron. Y lo que es aún más grave: se le arrojó a un estado de indefensión que los priva de servicios básicos, de empleos formales, de identidad legal. En una democracia que se precia de ser moderna, esto equivale a crear ciudadanos de segunda clase o, peor aún, no ciudadanos. Pero la paradoja no termina ahí. Porque, al mismo tiempo, los dominicanos “plenos”, aquellos que conservan su nacionalidad, experimentan también una erosión de su ciudadanía. La masiva migración haitiana, que durante décadas ha ocupado nichos de empleo en la construcción, en la agricultura y en los servicios, ha generado una presión evidente sobre los sistemas públicos de salud, educación y trabajo. Muchos dominicanos perciben que sus derechos se ven disminuidos por la presencia de quienes, aun sin ciudadanía, participan de los espacios vitales de la sociedad. Dicho en otras palabras: la exclusión no afecta solo a los descendientes de haitianos, sino también a los dominicanos que sienten debilitado su propio acceso a los beneficios de ser ciudadanos. Este doble proceso —la pérdida legal de ciudadanía de unos y la pérdida sustantiva de derechos de otros— revela lo que el filósofo Daniel Innerarity llama la “miopía democrática”: la incapacidad de los Estados para reconocer y gestionar la complejidad de sus sociedades. Al negar la nacionalidad a quienes ya forman parte de la realidad social, y al no garantizar condiciones dignas a quienes la poseen, el Estado dominicano reduce la ciudadanía a un papel administrativo. Lo que debería ser el núcleo de la democracia —la igualdad en el reconocimiento y en los derechos— se convierte en un bien escaso, objeto de disputa y de exclusión. No se trata de minimizar los desafíos que plantea la migración. La República Dominicana comparte con Haití una frontera porosa y una historia marcada por tensiones. Es cierto que la llegada masiva de trabajadores haitianos ha generado problemas objetivos de integración, identidad y recursos. Pero la solución no puede ser negar derechos a quienes ya están dentro, ni precarizar la ciudadanía de los que siempre han estado. Eso no fortalece la democracia: la degrada. Las democracias del siglo XXI enfrentan una disyuntiva crucial: pueden aferrarse a una idea defensiva de soberanía, que levanta muros y reparte papeles de pertenencia con criterios restrictivos, o pueden asumir la ciudadanía como un proceso expansivo de reconocimiento. Innerarity lo ha dicho con claridad: la calidad de una democracia no se mide solo por cómo vota su mayoría, sino por cómo trata a sus minorías. En el caso dominicano, la sentencia 168-13 y sus consecuencias nos muestran lo contrario: un Estado que decide excluir para reafirmar su identidad, aunque en el proceso debilite los fundamentos mismos de su legitimidad. Quizá ha llegado el momento de entender que la ciudadanía no puede seguir siendo un privilegio administrado con arbitrariedad, sino un derecho universal que otorga pertenencia y dignidad. Esto exige un cambio de mentalidad política: dejar de ver al otro —sea el migrante, el descendiente de haitianos, o el dominicano que compite por un empleo— como una amenaza, y empezar a reconocerlo como parte de una comunidad que solo será viable si es inclusiva. La ciudadanía postnacional, que autores como Arendt, Benhabib o Habermas han defendido, apunta en esa dirección. No significa abolir las fronteras ni negar la soberanía, sino entender que los derechos básicos no pueden depender únicamente de un pasaporte o de una categoría legal. Significa aceptar que vivimos en sociedades interdependientes y que la democracia se mide por su capacidad de integrar, no de excluir. En este país, caribeño, el debate sobre la ciudadanía está lejos de resolverse. Pero si algo queda claro es que la exclusión, en cualquiera de sus formas, no es un camino sostenible. Una democracia que convierte a sus ciudadanos en extraños, o que erosiona los derechos de quienes reconoce, está condenada a marchitarse. Solo una visión más amplia, más generosa e inteligente de la ciudadanía podrá garantizar que no sigamos viviendo de un espejismo, sino de una democracia
El eco de las palabras de Eduardo Galeano
Cuando pienso en mis días en Suramérica, el eco de las palabras de Eduardo Galeano me llega como un rumor que no se apaga. No importa el ruido que haya afuera: ahí están, tercas, claras, golpeando por dentro. En ese continente donde la literatura es refugio y arma, redescubrí sus libros. Los leí como quien encuentra un mapa en medio de un desierto. No eran solo páginas: eran brújulas. Galeano tenía la rara maestría de decir mucho con poco. Convertía lo cotidiano en crónica. Lo trivial en épico. “Las palabras, si están bien puestas, pueden hacer temblar un palacio.” Recuerdo un día en Buenos Aires que no envejece. La ciudad, con su música de bocinas y pasos, se detuvo para regalarme un instante irrepetible. Fue en La Biela, la célebre cafetería de intelectuales y soñadores, donde creí encontrarlo. Allí estaba: Eduardo Galeano. Una taza de tinto. Un plato de empanadas. Y el gesto tranquilo de quien sabe escuchar más que hablar. Me acerqué. Dije “buenas tardes”. Solo eso. Pero en ese saludo viajaban años de lectura y gratitud. Llevaba camiseta negra, pantalón azul y bufanda verde, como un guiño de rebeldía. Sonrió, sin prisa. Iba con mi hija, que no había leído nada de Galeano. Ese desconocimiento suyo contrastaba con el incendio que yo sentía por dentro. Me preguntó de dónde era. “República Dominicana”, respondí. Sus ojos se encendieron y habló de Juan Bosch con respeto. Después lo dejé en paz, volviendo a mi mesa con la sensación de haber recibido un regalo que no se pide. “Los encuentros que importan no se buscan. Se tropiezan.” Micro-relato 1 – El carpintero y la mesa En un pueblo de Bolivia, un carpintero fabricó una mesa grande. Tan grande, que podían sentarse todos los vecinos. El día que la terminó, llegó un político y le ofreció comprarla. El carpintero preguntó para qué. “Para ponerla en mi oficina”, dijo. El carpintero se negó. “La hice para que todos podamos comer juntos. No para que uno solo se sirva.” La literatura de Galeano era más que narración: era manifiesto. Denunciaba con precisión lo que otros preferían callar. Las venas abiertas de América Latina no era solo un libro, sino una herida abierta y un espejo incómodo. Pero también era poesía. Eduardo sabía que los pueblos no se cambian con estadísticas, sino con palabras que se quedan en la piel. Su estilo no pedía permiso: llegaba. En un mundo saturado de voces huecas, su prosa nos enseñaba a escuchar. A mirar más allá de lo evidente. A descubrir que la historia no vive en vitrinas, sino en mercados, en patios, en manos que siembran y manos que rezan. “La historia no es pasado. Es presente disfrazado.” Ahora, desde mi casa en el Caribe, después de caminar por el Mirador sur, me pregunto qué diría Galeano de este tiempo. Qué haría con Milei, que corta con bisturí lo que otros intentarían coser. Con Boris y sus giros de timón sin mapa. Con Bukele, mezcla de popularidad y puño cerrado. Con Ortega, que olvidó la bandera por la que luchó. Con Maduro, que convirtió su poder en un muro. Y también con Sheinbaum, que carga un país dividido; con Zelenskyy, que resiste bajo bombas; con Trump, que polariza con la misma eficacia con la que se autopromociona; con Putin, que juega ajedrez con vidas; con Lula, que intenta recomponer un Brasil roto. “El poder desnuda: a veces muestra belleza, casi siempre revela cicatrices.” Micro-relato 2 – La mujer y la frontera Una mujer hondureña cruzó tres países para llegar a Estados Unidos. No buscaba oro ni dólares: buscaba a su hijo, que había partido dos años antes. Lo encontró en un refugio, con barba y manos ásperas. Él le dijo: “Madre, aquí me pagan por vivir cansado.” Ella lo abrazó y respondió: “Entonces volvamos. Prefiero verte cansado de vivir que cansado de morir.” Galeano no se quedaría en la crítica fácil. Buscaría raíces. Preguntaría: ¿De quién es el petróleo? ¿De quién es el río? ¿De quién es la palabra? Y luego contaría las historias pequeñas que la prensa olvida: una comunidad que defiende su agua; un barrio que construye su escuela; un campesino que no vende su tierra aunque le paguen el doble. Porque el mundo ha cambiado, sí, pero no tanto como decimos. La desigualdad sigue siendo un hilo que cose nuestras desgracias. Y la violencia sigue hablando todos los idiomas. “El pesimismo es un lujo que no podemos pagar.” El eco de Galeano no es nostalgia. Es advertencia. Es latido. Me acompaña cuando leo un titular, cuando escribo, cuando pienso en el futuro de esta América Latina que se resiste a rendirse. Su lección sigue viva: la historia no es una lista de presidentes y guerras, sino también un niño que aprende a leer, una mujer que decide marcharse, un anciano que siembra para quien no conoce. Micro-relato 3 – El niño y la palabra prohibida En un aula de Guatemala, el maestro pidió a los alumnos que escribieran la palabra más hermosa que conocieran. Un niño escribió “justicia”. El maestro lo miró y dijo: “Esa palabra no la usamos aquí, hijo.” El niño, sin levantar la cabeza, borró la palabra y escribió otra: “mañana.” Por eso, cada vez que el mundo parece girar hacia la barbarie, vuelvo a abrir sus libros. No para huir, sino para entender. Y para recordar que, mientras haya quien cuente la verdad con belleza, todavía hay esperanza. “La esperanza es terca. Se sienta en la puerta y espera, aunque nadie la invite.” Paraguay, 13 de abril 2024