Me cuesta escribir estas líneas. No porque falten las palabras, sino porque todas parecen insuficientes. Había preparado un artículo en el que argumentaba, con razones de sobra, por qué José Rafael Lantigua merecía el Premio Nacional de Literatura 2026. Pero mientras yo escribía, sin saberlo, él peleaba sus últimas batallas. Al despertar esa mañana y enterarme de su partida, el texto que tenía ante mí se volvió irrelevante. No porque ya no tuviera sentido, sino porque la realidad lo había rebasado. Murió sin recibir el reconocimiento que le correspondía. Pero más que el premio, lo que duele es la omisión de un país que tantas veces olvida honrar en vida a quienes lo engrandecen. José Rafael no solo merecía ese premio: lo había construido. Con décadas de rigor, pensamiento crítico y entrega a la cultura. Su muerte no es solo una pérdida personal para quienes lo conocieron: es un vacío para la nación. Se ha ido un arquitecto de la palabra, un obrero de la cultura. No de la cultura superficial ni decorativa, sino de la que edifica ciudadanía, pensamiento, identidad. José Rafael no escribía por escribir. No hablaba por figurar. No opinaba por complacer. Cada palabra suya tenía peso, dirección, intención. Entendía que el lenguaje no era adorno, sino herramienta de lucha. No fue solo escritor. No fue solo funcionario. Fue una conciencia crítica. Un editor que, desde el suplemento cultural del periódico Hoy, marcó una época. Desde ese espacio —que él convirtió en trinchera y taller— se formaron lectores, se provocaron debates, se alzaron voces que hoy son referentes. Mientras otros transaban, él exigía. Mientras otros callaban, él hablaba. Pero no gritaba: decía. Con firmeza, con estilo, con responsabilidad. Sí, era exigente. Y esa exigencia era su forma de respeto. Respetaba a la cultura, a sus lectores, al país. No toleraba la mediocridad porque sabía que desde ahí no se construye futuro. En el Ministerio de Cultura, su gestión no fue de trámite. Fue de estructura. Ordenó, articuló, dejó cimientos. Demostró que se puede tener poder sin renunciar al pensamiento. Y que se puede ser eficiente sin traicionar principios. Pero quizás lo más admirable fue su coherencia. No vivía para agradar. No buscaba palmadas ni vitrinas. Le importaba más la claridad que la popularidad. Discutía con ideas, no con consignas. Escribía para generar reflexión, no para coleccionar aplausos. Defendía el idioma con pasión, la cultura con orgullo, el país con compromiso. Para él, cada artículo, cada intervención, era una forma de resistencia. Quienes lo conocieron de cerca saben que detrás de esa figura austera había una pasión enorme. Por la lectura, por el pensamiento, por la educación. No era una persona fácil, pero era necesaria. No era blando, pero era justo. Y en tiempos de simulación, su integridad se volvía casi un acto de rebeldía. Ahora que se ha ido, no podemos permitir que su nombre quede reducido a una nota de condolencia o a un acto protocolar. Su legado no cabe en un párrafo. Está en los libros, en los proyectos, en las instituciones que ayudó a levantar. Está en los escritores que impulsó, en los lectores que formó, en las discusiones que promovió. Pero, sobre todo, está en su palabra. Sí, el Premio Nacional de Literatura no le fue otorgado en vida. Y eso duele. Pero su obra no depende de medallas para ser legítima. Su autoridad vino siempre del oficio, del pensamiento, de su voz firme y necesaria. Lo que deja José Rafael Lantigua no es solo literatura. Es una ética. Una forma de estar en el mundo desde la palabra. Hoy lo despedimos. No con frases vacías ni homenajes tibios. Lo despedimos leyendo. Pensando. Diciendo. Porque si algo nos enseñó, es que la palabra no muere. La palabra bien dicha —la que incomoda, la que sacude, la que sostiene— sobrevive. Y esa, la suya, seguirá viva entre nosotros. Hasta siempre, Rafael.
Dudar de la duda de Joseph Mendoza.
Hay libros que se leen, y hay libros que se padecen. Otros, más raros, se convierten en una experiencia existencial. Duda de la duda, del filósofo dominicano Joseph Mendoza, pertenece a esta última categoría. No es un tratado ni un ensayo convencional. Es un artefacto peligroso, uno de esos textos que parecen inofensivos en la primera página y, sin previo aviso, se convierten en una dinamita intelectual. Leerlo es asomarse al abismo —consciente de que mirar demasiado tiempo ese abismo puede hacer que también te mire a ti. Mendoza, profesor universitario y pensador de los márgenes, no pretende tranquilizar al lector. No lo toma de la mano. Al contrario: lo suelta en medio de una tormenta conceptual, le arranca las muletas del sentido común y le exige que camine —con la duda como único bastón. Desde las primeras líneas, el libro plantea una tesis tan provocadora como esencial: la duda no es debilidad, es una forma superior de inteligencia. No es el síntoma del que no sabe, sino la señal del que ha comenzado a pensar. La estructura del libro es deliberadamente fragmentaria. Mendoza no construye un argumento lineal, no sigue la lógica académica de introducción-desarrollo-conclusión. Lo suyo es más bien un tejido de pensamientos, imágenes, analogías, preguntas sin respuesta. Una cartografía del pensamiento en estado líquido. La duda —ese núcleo temático que recorre el texto como una corriente subterránea— aparece en sus múltiples formas: la duda filosófica, la duda amorosa, la duda artística, la duda religiosa, la duda ética, la duda frente a uno mismo. Y lo hace no como un catálogo de definiciones, sino como un desfile de fantasmas que se pasean por las páginas sin pedir permiso. Hay algo profundamente moderno, incluso posmoderno, en el enfoque de Mendoza. Pero también hay una herencia clásica: de Sócrates a Descartes, de Montaigne a Nietzsche, la duda ha sido un instrumento de exploración, un bisturí para diseccionar las certezas. Mendoza no reniega de esa tradición, pero la arrastra hasta el presente con un lenguaje que mezcla filosofía, literatura y psicoanálisis. Uno no puede evitar recordar a Cioran, a Unamuno, incluso a Borges en ciertos pasajes donde la paradoja se convierte en forma de conocimiento: “vivir desviviéndose”, “confiar desconfiando”, “buscar la verdad sin creer en ella”. El lenguaje es, sin duda, una de las armas más filosas del libro. Mendoza no simplifica. No quiere hacerlo. La suya es una prosa exigente, que obliga al lector a frenar, a releer, a masticar cada frase como si fuera una pregunta disfrazada de afirmación. No hay concesiones al lector perezoso. No hay frases hechas, ni recursos fáciles. En una época dominada por la inmediatez, por los tuits y los titulares, este libro se planta como un manifiesto contra la superficialidad. Exige tiempo, atención, disposición a perderse. Porque, en el fondo, esa es la lección: sólo quien se atreve a perderse puede encontrar algo que valga la pena. Pero Mendoza no se queda en la filosofía abstracta. Uno de los mayores logros del libro es conectar la duda con la vida cotidiana. La muestra en los celos, en el miedo al futuro, en la nostalgia por lo que pudo ser. Habla de la duda que se siente al amar, al envejecer, al mirar el mundo y no entender nada. En ese sentido, el texto se vuelve profundamente humano, casi confesional. Como si el autor no solo estuviera escribiendo un ensayo, sino también exorcizando sus propias incertidumbres. ¿Y qué hace el lector con todo esto? ¿Cómo se enfrenta a un libro que no quiere ser entendido, sino experimentado? Tal vez lo único posible sea aceptar la invitación implícita: dudar de la duda, sí, pero también dudar de las respuestas, de las soluciones cómodas, de las narrativas cerradas. Este libro no ofrece salidas. Ni siquiera promete un camino. Lo que da es algo más raro y valioso: la posibilidad de pensar sin mapa, de caminar a ciegas sabiendo que en esa oscuridad hay más verdad que en mil luces artificiales. La filosofía dominicana, tradicionalmente marcada por una fuerte influencia teológica y un enfoque más académico, encuentra aquí una grieta. Duda de la duda no es solo un aporte intelectual. Es una provocación. Un llamado a repensar la manera en que entendemos la filosofía, no como un conjunto de doctrinas, sino como un ejercicio radical de pensamiento. Y en ese gesto, Mendoza no solo escribe un libro: pone una bomba en la biblioteca y espera que cada lector decida si la desactiva o deja que estalle. Quizás el mayor valor de este libro sea precisamente ese: nos obliga a incomodarnos. Y en esa incomodidad se esconde la semilla de algo importante. Algo que no se puede enseñar, ni comprar, ni imponer: el pensamiento propio. Porque, al final, dudar de la duda no es parálisis, sino una forma superior de lucidez. Es caminar sin la pretensión de tener el mapa, con los ojos abiertos y el alma en vilo, sabiendo que cada paso puede ser un error… o una revelación. Es avanzar con la conciencia de que no hay certezas absolutas, que toda verdad es frágil, provisional, un susurro entre ruidos. Y, sin embargo, caminar. Ir hacia adelante, precisamente porque se duda, porque no se está seguro, porque se intuye —como un presentimiento antiguo— que la búsqueda es más valiosa que la llegada, y que solo el que duda está realmente vivo. En este libro, Duda de la duda, el filósofo académico Joseph Mendoza no ofrece respuestas fáciles, y eso es lo más honesto que puede hacer un pensador. Yo leí sus páginas como quien interroga a un oráculo sabiendo que la única respuesta posible será una nueva pregunta. Dudé de mis certezas, me incomodé, me contradije. Pero salí del libro con algo más valioso que la seguridad: la conciencia de estar pensando por mí mismo. Y eso, en estos tiempos de ruido, consignas y dogmas disfrazados de opinión, leer Duda de la duda, es una forma de libertad.
Barahona, el olvido como norma.
Estoy escribiendo un ensayo sobre dos escritores que merecen más que el olvido tibio con que su tierra natal los ha recompensado: Luis Alfredo Torres y Sócrates Nolasco. Nacidos en Barahona, pensaron y escribieron con altura. No fueron figuras menores ni artistas de ocasión. Produjeron una obra que merece ser leída, discutida, enseñada. Pero en Barahona, salvo por algún homenaje circunstancial o una mención obligada en círculos académicos, son prácticamente fantasmas. La indiferencia hacia ellos no es casual ni aislada. Forma parte de una desvalorización general del esfuerzo intelectual en nuestra sociedad. En Barahona, como en muchas otras partes del país, se ha instalado una cultura que premia la función, no el mérito. Se reconoce al funcionario, no al maestro; al político, no al escritor. Ser alcalde o senador parece más valioso que haber dedicado una vida a enseñar, curar, investigar, o crear belleza. Esto no siempre fue así. Hubo un tiempo —y no tan lejano— en que ser maestro era motivo de respeto, y un médico era una figura central en la comunidad, y un escritor era leído y discutido en las esquinas. Había orgullo en el trabajo bien hecho, en el conocimiento, en la cultura. Había un reconocimiento sincero a quienes habían logrado algo a base de estudio y esfuerzo. Hoy, ese reconocimiento ha sido sustituido por el culto a la posición y a la influencia. Barahona ha cambiado, y no solo en su infraestructura o en su crecimiento urbano. Cambió su escala de valores. Cambió su manera de mirar a sus propios hijos. Y lo más alarmante: cambió su relación con la memoria. Hoy cuesta recordar a los que realmente merecen ser recordados. Las instituciones culturales, los gobiernos locales, los comités que otorgan reconocimientos, operan como si solo existiera valor en quien ocupa un cargo, como si el éxito solo pudiera medirse en poder visible. En los últimos años no se le ha puesto nombre a una sola calle, parque o escuela en honor a un profesional meritorio. Ningún maestro ejemplar, ningún médico de vocación, ningún artista perseverante ha sido conmemorado. Y no es por falta de candidatos. Los hay por decenas. Personas que nacieron en Barahona, que han hecho carrera con dignidad, que siguen conectadas con su tierra. Personas que llevan el nombre del pueblo a otros rincones del país y del mundo, no para sacar provecho, sino como un acto de identidad, como un orgullo íntimo. Pero que, a los ojos del poder local, no existen. No tienen “peso”. No importan. Esto debería preocuparnos. Porque una sociedad que no reconoce el mérito es una sociedad que no tiene futuro. Cuando los niños crecen viendo que el reconocimiento se da por cercanía política y no por talento, aprenden la lección equivocada. Cuando los jóvenes notan que estudiar no vale la pena porque nadie valora al que estudia, se rinden. Cuando un pueblo no honra a sus mejores hombres, acaba celebrando a los peores. No se trata de hacer homenajes vacíos ni de repetir nombres por costumbre. Se trata de entender que la memoria es una herramienta política, y que con ella construimos o destruimos el tipo de comunidad que queremos ser. Si solo se recuerda a los que han ocupado cargos, entonces la historia de Barahona se convertirá en una larga lista de administradores. Pero si empezamos a recordar a los que pensaron, enseñaron, escribieron, curaron, entonces le estaremos diciendo a las nuevas generaciones: esto también vale. Esto también importa. Luis Alfredo Torres y Sócrates Nolasco no escribieron para ganarse una tarja ni una calle. Escribieron porque creían en el poder de las ideas. Pero eso no significa que debamos dejarlos en el abandono. Recordarlos es también una forma de protegernos del empobrecimiento cultural. Es una forma de decir que en Barahona hay más que burocracia, más que clientelismo, más que rutina. Hay una Barahona posible. Una donde la cultura no sea solo un adorno, sino una forma de vivir. Una donde el esfuerzo y la honestidad no sean motivo de burla, sino de reconocimiento. Una donde los hijos del pueblo puedan aspirar a algo más que un nombramiento temporal. Pero para construir esa Barahona, primero hay que reconocer cuánto hemos olvidado. Cuántos nombres hemos dejado caer en el abismo de la indiferencia. Y cuántas vidas valiosas hemos ignorado, solo porque no formaban parte del juego del poder. El olvido no es inocente. Es una decisión. Y cada vez que una institución decide homenajear al poderoso en vez del meritorio, cada vez que una calle se nombra en honor a alguien solo por su influencia, se reafirma esa decisión. Tal vez no podamos corregir todos los errores del pasado. Pero sí podemos empezar a mirar hacia otros lados. A ver más allá del funcionario. A recordar al maestro, al escritor, al médico, al trabajador honesto. A entender que hay muchos barahoneros que merecen más que un aplauso de ocasión: merecen memoria. Y esa memoria, si no la construimos nosotros, no la construirá nadie. Julio 26 de julio 2025
El ciudadano que el Estado olvidó.
Ayer, en la cátedra del profesor Esteban Anchustegui, durante una discusión en el máster universitario, ocurrió algo raro y valioso: se nos pidió pensar. No solo sobre el Estado, la ley o el poder, sino sobre nosotros mismos. Sobre qué significa hoy ser ciudadano en una democracia como la nuestra. Sobre si aún lo somos, o si apenas habitamos una ficción jurídica donde todo parece estar en regla, pero nada funciona en la práctica. Fue una clase que no buscaba respuestas cómodas, sino incomodarnos con preguntas esenciales. Y lo logró. El Estado dominicano sigue siendo formalmente el mismo: con su Constitución —una de las más bellas, por su redacción y por la promesa que contiene— y sus instituciones aparentemente funcionando. Pero hay un abismo entre lo que está escrito y lo que se vive. Porque los actores que administran ese Estado —los partidos políticos tradicionales, los militantes que ocupan cargos por lealtad y no por mérito— han convertido esa Constitución en un documento decorativo. Como bien nos dijo el profesor, hemos dejado de ser ciudadanos en el sentido profundo del término. No por renunciar a nuestros derechos, sino porque el Estado ha renunciado a garantizarlos. La ciudadanía, esa idea que alguna vez implicó pertenencia, participación y dignidad, ha sido degradada. Cada día perdemos un derecho: a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda, al agua potable. Nos han robado incluso el derecho a imaginar un futuro mejor. Y esa pérdida no figura en los informes oficiales, pero se siente en las esquinas, en los consultorios, en las aulas vacías, en los techos que gotean y en las estufas apagadas. La pérdida de la ciudadanía, entendida no como condición legal sino como pertenencia activa a una comunidad política, se ha convertido en una de las formas más sutiles y perversas de exclusión democrática. Porque no es visible como la represión, ni escandalosa como un golpe de Estado. Es una erosión lenta, una indiferencia organizada, una negligencia con estructura. En los barrios más humildes del país viven miles de jóvenes con su cédula en el bolsillo pero sin escuela, sin empleo, sin agua. Tienen derecho al voto, sí, pero no a ser escuchados. El Estado los cuenta, los usa como estadística, los convoca cada cuatro años como si fueran engranajes funcionales de la maquinaria democrática. Pero entre elecciones, desaparecen del radar. Son ciudadanos en el papel, pero no en la vida. Esa es la exclusión más peligrosa: la que no se anuncia, la que no persigue, sino que simplemente olvida. Un olvido estructural, planificado por décadas de abandono y populismo. El voto, que debería ser el acto sagrado del ciudadano, se ha transformado en trámite. Ya no es un gesto de poder, sino de resignación. Se vota por costumbre, por miedo, por obligación, pero raramente por convicción. Y cuando el voto no transforma, cuando no incomoda al poder ni lo limita, el ciudadano no elige: finge elegir. La democracia, vaciada de contenido, sigue funcionando como espectáculo. Los partidos políticos, que debían ser vehículos de representación ciudadana, se han transformado en estructuras cerradas, casi familiares, donde lo importante no es el proyecto de país sino el reparto del botín. Allí no caben ciudadanos críticos, solo clientes, militantes, devotos. Y quien no pertenece, estorba. La ley, por su parte, ya no es igual para todos. Hay una justicia para el que puede pagarla y otra para el que no. Los poderosos blindan su impunidad, mientras los débiles enfrentan el rigor de un sistema diseñado para castigar la pobreza. La corrupción no solo roba recursos: roba legitimidad, roba fe cívica, roba ciudadanía. En este panorama, el ciudadano ha sido desplazado por el consumidor. Y cuando la política se convierte en marketing, el ciudadano es apenas una audiencia a la que se le promete, pero nunca se le cumple. El Estado ya no gobierna con el pueblo, sino sobre él. Y sin embargo, como recordó el profesor Anchustegui, hay algo que sobrevive. Porque cuando la ciudadanía pierde su contenido, no desaparece: se transforma en resistencia. El ciudadano silenciado empieza a hablar desde los bordes: desde el arte, desde el activismo, desde la calle. Desde la memoria. Lo que el Estado no garantiza, la comunidad empieza a reclamar. Y ese reclamo es una forma nueva de ciudadanía, aún no escrita, pero viva. Porque el verdadero ciudadano no es el que espera, sino el que exige. No es el que obedece, sino el que participa. No es el que aplaude, sino el que interpela. Lo supimos ayer, en una clase que no pretendía ser épica, pero que nos mostró, con palabras precisas y sin grandilocuencias, que pensar sigue siendo un acto político. Que tal vez el maestro, en esta época de simulacros y hastío, sirva no para dar respuestas, sino para despertar preguntas. Y hoy, estoy convencido de que esos veintiséis compañeros que compartieron aquella clase no regresaron iguales a sus casas. Salieron con la certeza de que la defensa de la ciudadanía no se limita a la acción en las urnas, sino que se encuentra en cada gesto que se opone a aceptar el olvido como un destino inexorable. Salieron, quizás, con una visión más profunda y consciente de lo que significa ser ciudadanos, entendiendo que la verdadera participación implica un compromiso constante con la memoria, la justicia y la dignidad, tanto en los espacios públicos como en la cotidianidad de nuestras vidas. Así, cada uno de ellos llevó consigo la semilla de un civismo renovado que florecerá en su compromiso con el presente y el futuro de nuestra sociedad.
La escritura como confesión
No escribo para entretener. Ni siquiera escribo para comunicar. Escribo para confesarme. La escritura, para mí, no es un lujo del espíritu ni una forma de expresión: es una manera de desnudarme sin tener que quitarme la ropa. Cada línea que escribo es un fragmento de mi vergüenza, de mi miedo, de mi memoria más indeseable. Es una forma de decir lo que jamás me atrevería a decir en voz alta. Lo que no le diría ni a mi mejor amigo. Ni a mi madre. Ni a mí mismo, si no tuviera un bolígrafo en la mano o el cursor titilando como una amenaza. No sé si esta necesidad nació conmigo o si fue un hábito que el tiempo convirtió en condena. Lo cierto es que no puedo dejar de escribir. Y no porque me guste —a veces me repugna—, sino porque cuando no escribo, todo dentro de mí se desordena. Me vuelvo irritable, inseguro, ausente. Como si una parte esencial de mí se hubiera apagado. He aprendido a reconocer ese vacío: no lo llena la música, ni el sexo, ni siquiera la lectura. Solo se llena escribiendo. Aunque duela. Y sí, muchas veces duele. La escritura como confesión no es indulgente. No perdona. Es un espejo implacable que me obliga a mirar mis rincones más sucios. No escribo para halagarme ni para consolarme. Escribo como quien se somete a un interrogatorio, con una luz intensa en la cara y un silencio expectante al otro lado. Las preguntas no me las hace nadie. Me las hago yo. Y las respuestas, cuando llegan, son tan terribles que preferiría no haberlas escrito. ¿Pero qué sentido tiene escribir si no es para decir la verdad, o al menos para buscarla? Una verdad subjetiva, fragmentaria, temblorosa. Una verdad que se escapa mientras uno la escribe, pero que a veces se deja atrapar en una frase, en un ritmo, en una imagen. Entonces todo cobra sentido. El sufrimiento, la exposición, la neurosis. Todo eso que uno arrastra en la vida y que la literatura transforma, con crueldad y belleza, en un objeto vivo. He escrito páginas que me han hecho temblar. No por su calidad —eso es relativo, incluso irrelevante— sino por lo que revelan de mí. A veces he tenido miedo de que alguien las lea. O de que nadie lo haga. Porque hay algo profundamente contradictorio en este oficio: uno se confiesa, sí, pero lo hace para que lo lean. Es decir, para que otros entren en tus intimidades, husmeen en tus secretos, te vean por dentro. Pero al mismo tiempo, uno espera que lo perdonen. Que no juzguen demasiado. Que entiendan que eso que está escrito no es todo uno, pero es una parte que no puede seguir oculta. Escribir, entonces, es también una forma de pedir perdón. Y de pedir permiso. Como si dijera: “Este soy yo. Esto me avergüenza. Esto me duele. Esto no sé cómo explicarlo, pero aquí está. Juzguen ustedes”. Y al escribir así —con las vísceras— uno se libera, pero también se queda vacío. Cada texto es un desprendimiento. Una pérdida. Cuando termino un cuento, un poema, una página de un diario que no publicaré jamás, siento que algo ha salido de mí y ya no volverá. No sé si eso me hace mejor persona. Lo dudo. Pero sí sé que me permite seguir respirando. La literatura no debería ser un acto de ornamento. No debería ser elegante ni sofisticada si eso significa esconder lo esencial. La buena literatura —la que permanece, la que lastima— siempre tiene algo de confesión. De salto al vacío. De riesgo. No se escribe con el deseo de complacer, sino con la urgencia de decir lo que no se puede callar. Lo que uno no soporta seguir guardando. Y no hablo solo de escribir en primera persona. Se puede confesar desde una novela, desde un personaje que no se parece en nada a uno, desde un paisaje. El escritor —el que realmente escribe— se filtra por todas partes. Incluso cuando inventa. O quizás sobre todo cuando inventa. Porque al inventar elige qué contar, cómo contarlo, desde dónde. Y esa elección lo delata. A veces me preguntan por qué sigo escribiendo si me hace sufrir tanto. La respuesta es simple: porque no puedo dejar de hacerlo. Porque si no escribiera, me moriría por dentro. Porque necesito dejar constancia de lo que fui, de lo que soy, de lo que temo ser. Aunque nadie lo lea. Aunque a nadie le importe. La escritura como confesión no busca aplausos. Busca expiación. Es un acto íntimo que se vuelve público no por vanidad, sino por necesidad. Porque hay cosas que uno no puede llevar solo. Y al ponerlas en palabras, al compartirlas —aunque sea con un lector anónimo, distante, invisible— uno siente, por un instante, que ha ganado una batalla contra el silencio. No escribo para ser feliz. Escribo para no volverme loco.
La escritura, ese vicio impune
La escritura ha sido mi compañera más fiel durante los últimos treinta años. No me refiero a una costumbre ligera, ni a un pasatiempo elegante que uno esgrime para fingir profundidad. Hablo de una relación posesiva, agobiante, luminosa y terrible. La descubrí tarde, cuando ya había escrito mi primer libro de poesía sin saber aún que eso era escribir: Mujeres, lo titulé, como si desde entonces intuyera que todo lo que soy se lo debo a ellas. A mi abuela, que me hablaba como si el mundo se estuviera por acabar. A mi madre, con su ternura feroz. A mi tía, que llenó la casa de voces y supersticiones. A mi infancia, que es un álbum roto que me persigue cada vez que empiezo una frase. A mi perro, que olía a tierra y lealtad. A la casa, esa cueva tibia. Al colegio, donde aprendí el miedo y también a fingir que no lo tenía. Desde entonces escribir ha sido una forma de pensar. No pienso antes de escribir; escribo para pensar. Escribo en silencio, solo, mientras esa voz —sí, una voz— me dicta lo que soy incapaz de ordenar cuando estoy en la vida cotidiana. Y a veces es una voz cálida, casi maternal, que me acaricia con palabras que no sabía que recordaba. Pero otras veces es una fiera: me devora, me debilita, me arrastra por una zona oscura de mí mismo. Entonces cada palabra es un filo, cada frase, una cicatriz. No exagero cuando digo que escribir me hace daño. También me salva. Pero sobre todo, me arranca de este mundo. Me saca de mi cuerpo. Me deja suspendido en una especie de trance físico, como si no tuviera ya sangre sino tinta corriendo por las venas. Los recuerdos —esos traidores— se disfrazan de imágenes, se visten de personajes, se arrastran por las páginas fingiendo ser ficción cuando son memoria pura. A veces me hacen llorar, lo confieso. Y no es por nostalgia: es por rabia. Por no haber entendido antes lo que ahora la escritura me muestra con crueldad y precisión. Nunca quise escribir sobre política. Me resulta tedioso hablar de ella, esa conversación ajada que se repite en bares, en taxis, en sobremesas sin vino. Pero escribir sobre política es distinto. Es un reto, una trampa, una provocación. Me siento frente al papel en blanco con desgano, y sin embargo —no sé cómo— a la cuarta línea ya estoy poseído. Entonces lo personal se mezcla con lo ideológico, y la rabia con la ironía. Porque no hay nada más literario que una mentira dicha con solemnidad. Y en la política abundan. Me desespera un día sin lectura. Me enferma una jornada en la que no he escrito aunque sea una línea. Hay días en que logro una página. Otros, dos. Y los días buenos —que son raros como una lluvia en el desierto— me salen cuatro, cinco páginas que me dejan exhausto pero feliz. Como si el día, por fin, hubiese tenido sentido. Porque si no escribo, no existo. O peor: existo sin mí. La escritura es una amante cruel. Me tiene insomne, despierto hasta la madrugada, cuando el mundo ya se ha dormido y sólo quedamos ella y yo, enfrentados, con las luces bajas y el cuerpo entumecido. El sueño no llega. No puede llegar. Mi cabeza está abierta, expuesta, como un animal en plena cirugía. No siento dolor, pero sí una extraña alegría: una euforia de palabras, una droga que me embriaga. Es entonces cuando escribo las frases más impúdicas, las imágenes más feroces, los recuerdos más falsos —y por eso mismo más verdaderos. A veces me detengo y releo lo que he escrito. Casi nunca me gusta. Soy mi peor crítico. Me detesto cuando me descubro intentando ser profundo, o buscando una belleza forzada. La buena escritura no se imposta. Llega sola, cuando uno deja de buscarla. Como el amor. Como la muerte. Como esa frase que aparece de pronto, perfecta, y uno no sabe de dónde ha salido, pero la reconoce como suya. Como si hubiera estado esperando años para que uno la escribiera. Escribir es una forma de locura socialmente aceptada. Uno se encierra, se aísla, se pudre en cafés y cuartos pequeños, acumulando cuadernos, tachaduras, borradores sin nombre. Y sin embargo, cuando alguien te pregunta qué haces, puedes decir con orgullo: “Escribo”. Y eso basta. Porque escribir es una forma de justificar la existencia. Lo peor —y también lo mejor— es que no tiene fin. Nunca se llega. Nunca se está satisfecho. Siempre falta algo. Una palabra mejor. Una imagen más exacta. Una verdad menos adornada. Pero esa insatisfacción es la gasolina del oficio. Por eso sigo escribiendo. Porque no sé hacerlo de otra manera. Porque ya no me pertenece. Porque la escritura me ha tomado entero, y no me va a soltar.
Por qué escribo poesía.
A veces me he hecho la misma pregunta que se han hecho los grandes poetas —y también los pequeños, los secretos, los anónimos—: ¿para qué sirve la poesía? Y no encuentro una respuesta definitiva. Sólo más preguntas. A veces me convenzo de que no sirve para nada. Y, sin embargo, sigo escribiéndola. O peor: no puedo dejar de escribirla. Como si en lugar de escribirla, ella me escribiera a mí. Como si la poesía fuera una fiebre silenciosa que regresa cada vez que intento curarme del lenguaje. No escribo para trascender. No quiero pasar a la historia, ni figurar en ninguna biblioteca empolvada. Escribo para no perder lo que soy. Para dejar un puñado de palabras enterradas en esta región del sur que me formó. Escribo porque hay un lugar —mi lugar— que me arde por dentro y me pide ser nombrado. Porque allí, en ese rincón del mundo donde aprendí que la vida no era una línea recta, descubrí que existía algo más que el presente: el recuerdo. Tenía frente a mi casa la mar. No “el mar”, no. La mar, como dicen los viejos marineros y los poetas que no olvidan. Esa mar no era un paisaje. Era una presencia. Una madre que me hablaba sin voz, que me escuchaba en mis silencios, que me respondía con espuma y viento. Yo la miraba durante horas, en mi soledad de niño sin preguntas, y en ese mirar silencioso aprendí a esperar. Esperar que el sol se acostara. Esperar que algo —no sabía qué— ocurriera en el horizonte. Quizás por eso me hice poeta. No por vocación, ni por destino, sino por necesidad. Porque necesitaba nombrar esa infancia, esa mar, esa espera. Porque no bastaba con vivir. Había que dejar testimonio. Y mi primera línea, escrita en una cátedra color verde, fue un poema. Mal escrito, seguramente. Pero sincero. Como todo lo que viene antes de que uno aprenda a fingir. En aquel tiempo, la poesía era aire. Escribía como quien respira. Recogía con mis palabras lo que el mundo me ofrecía sin filtros: el olor del azúcar, el aliento salado de los peces, la brisa pegajosa del puerto. La poesía era una forma de absorberlo todo. De decir “esto existe, esto me pasa, esto soy”. Escribo para que esos recuerdos no se borren. Para que no desaparezcan los amigos de mi infancia, los juegos en la arena caliente, las caminatas hacia la montaña verde, los días en que el mundo todavía era nuevo. Escribo porque temo olvidar. Porque la vida se escapa demasiado rápido, y las palabras —aunque frágiles— a veces son capaces de retener un instante. Hay quienes dicen que la poesía no cambia nada. Que no sirve para transformar el mundo. Tal vez tengan razón. Pero yo no escribo poesía para cambiar el mundo. La escribo para resistirlo. Para oponerle una belleza que no se vende ni se negocia. Para salvar, al menos por un momento, lo que aún no ha sido corrompido. No me interesa la poesía como adorno, ni como artificio. Me interesa como herida. Como huella. Como fuego. La buena poesía, la que me importa, no se entiende: se siente. Es una sacudida. Un temblor. Una emoción que no se puede explicar. He leído versos que me han dejado mudo durante horas. He escrito algunos que me han hecho llorar sin saber por qué. La poesía, para mí, no es un género literario. Es una forma de estar en el mundo. Una forma de mirar, de escuchar, de recordar. Escribir poesía es decir: “esto me duele”, “esto me asombra”, “esto no lo entiendo pero igual lo nombro”. Es atreverse a hablar con los muertos. Con el niño que uno fue. Con los paisajes que ya no existen pero siguen vivos en la memoria. Sé que la poesía no paga cuentas, no gana elecciones, no llena estadios. Pero me ha dado algo que ninguna otra cosa me ha dado: sentido. Un hilo invisible que une mis días, mis pérdidas, mis alegrías mínimas. Me ha enseñado a mirar el mundo con otros ojos. A encontrar belleza donde otros ven rutina. A detenerme. Y, sobre todo, me ha dado una voz. Una voz que a veces no reconozco como mía, pero que me habita. Una voz que escribe incluso cuando yo no quiero escribir. Que se impone, que insiste, que exige. Escribir poesía es cederle el cuerpo a esa voz. Dejarla hacer. Y confiar en que algo quedará. Que alguien, algún día, leerá uno de esos versos y sentirá lo que yo sentí al escribirlo. No sé si eso justifica el oficio. Pero sé que lo hace inevitable.
Manifiesto poético.
Escribir poesía no es un lujo. Es una necesidad. Una forma de resistencia en un mundo que aplaude la velocidad, el olvido y la superficialidad. Es un acto íntimo, sí, pero también profundamente político. Porque escribir poesía —de verdad, sin adorno ni máscaras— es negarse a aceptar que el lenguaje solo sirve para comerciar, seducir o manipular. Escribir poesía es usar las palabras para decir lo que no se dice. Para tocar lo que no se toca. Para nombrar lo que no tiene nombre. Yo no creo en la poesía “bonita”. No me interesa la palabra complaciente, ni la imagen pulida que no dice nada. Me interesa la palabra que duele. Que incomoda. Que revela. Me interesa el poema que se escribe como un disparo o como una oración, con las manos temblando y el corazón expuesto. No hay poesía sin riesgo. No hay poema verdadero si no se ha escrito desde el filo. Escribo con la claridad del sol del sur, con los colores de la mar, con ese aliento salobre que uno lleva pegado a la piel aunque hayan pasado los años. Escribo como escriben los hombres nacidos en esa región del sur: con voz de tierra y sal, con palabras que vienen del viento, con silencios aprendidos frente al horizonte. Porque en ese sur aprendí a mirar, y desde entonces no he podido dejar de escribir lo que veo, lo que recuerdo, lo que me duele. No escribo para trascender. No quiero pasar a la historia, ni figurar en ninguna biblioteca empolvada. Escribo para no perder lo que soy. Para dejar un puñado de palabras enterradas en esa tierra que me formó. Porque allí, donde la mar hablaba y las montañas respiraban, descubrí que la vida no era una línea recta, sino una espiral de recuerdos que regresan cada vez que uno escribe con el corazón. Yo tuve el privilegio —y la condena— de nacer en un mundo donde el tiempo tenía otro ritmo. Donde las tardes se llenaban de luz dorada, y el sol, antes de acostarse, pintaba el cielo de un rojo espeso. Ahí, en ese sur que aún me vive por dentro, la poesía no era teoría: era experiencia. Era ese olor a azúcar, a peces, a puerto. Era la mar conversando conmigo en mi soledad. Era la montaña verde donde me escondía para soñar. Quizás por eso escribo poesía. Para que ese sur no se me borre. Para que esa infancia luminosa, esa memoria salada, esa alegría intacta no se pierda en el bullicio del presente. Escribo para que los amigos de entonces sigan jugando en las páginas, para que mi casa siga oliendo a madera vieja, para que mi perro siga ladrando al viento. La poesía no es evasión. Es confrontación. Con uno mismo, primero. Porque el poeta —el que lo es de verdad— escribe para entender quién es, para confesarse lo que no se atreve a decir en voz alta. Y con el mundo, después. Porque en cada poema hay una forma de protesta contra lo establecido: contra la injusticia, la rutina, la indiferencia, el olvido. No me interesa la poesía como ornamento. Me interesa como herida. Como huella. Como fuego. La buena poesía no embellece: desnuda. No endulza: revela. Es un espejo en el que uno se ve sin maquillaje, sin excusas. Escribo porque si no lo hiciera, me ahogaría en todo lo que callo. Rechazo la poesía vacía, calculada, escrita con más técnica que tripas. Rechazo los versos que suenan bien pero no dicen nada. El poeta no está para agradar. Está para remover. Para tocar una fibra que nadie más toca. Y eso no se aprende en talleres. Se vive. Escribir poesía es recordar. Es recuperar lo que la vida quiso llevarse. Es decirle al tiempo: “aquí no pasas”. Cada poema es una trinchera. Una defensa contra el olvido. Contra la indiferencia. Contra la muerte. El poema no salva, pero deja constancia. No cura, pero acompaña. Y sin embargo, no todo en la poesía es herida. También hay celebración. Hay gozo. Hay alegría silenciosa. Un poema puede ser un grito, pero también una caricia. Un acto de amor. Un gesto de gratitud hacia la vida, incluso cuando esta se muestra cruel. El poeta no necesita permiso para escribir. Le basta con sentir esa urgencia que lo desvela. Esa fiebre. Ese temblor. Porque si algo define a un poeta no es la publicación, ni el aplauso, ni el prestigio: es esa necesidad insaciable de decir. De escribir aunque nadie escuche. De seguir, incluso cuando todo parece inútil. La poesía es, en el fondo, una forma de fe. Una apuesta por lo invisible. Un acto de confianza en que las palabras —aunque pequeñas, aunque solas— pueden tocar a alguien. Aunque sea a uno. Aunque sea tarde. Aunque sea en silencio. Por eso escribo poesía. Porque es la única manera que tengo de seguir siendo yo.
MANIFIESTO DE UN HOMBRE QUE CUMPLE SESENTA Y TRES AÑOS
Hoy, 9 de julio, cumplo sesenta y tres años. No es una fecha cualquiera. Es un punto de inflexión. No escribo esto por vanidad, ni por costumbre, ni por nostalgia. Escribo porque no hacerlo sería negarme. Escribo para recordarme, para explicarme, para entender por qué sigo de pie. No estoy buscando perdón ni aplauso. Escribo porque tengo el derecho —y el deber— de decir quién soy y por qué sigo creyendo. Llegar a esta edad implica haber sobrevivido a muchas muertes pequeñas. A amistades rotas. A sueños pospuestos. A traiciones discretas. A decepciones que no hicieron ruido, pero dejaron marcas. No me quejo. He vivido más de lo que pensé. Pero también he cargado más de lo que debí. He visto cómo el país que amo se hunde una y otra vez en los mismos errores. La corrupción no es un accidente: es una maquinaria. Un sistema de premios para los serviles, de castigos para los íntegros. Y, sin embargo, todavía hay quienes creen, como yo, que eso puede cambiar. Que debe cambiar. No porque sea fácil, sino porque es urgente. Yo no nací para quedarme en las gradas. Desde joven supe que quería servir. Y servir no es una palabra vacía. Es asumir responsabilidades, aunque no haya recompensa. Es actuar, aunque nadie mire. Es decir, la verdad, aunque moleste. Esa fue siempre mi brújula. Aprendí a trabajar con decoro. A pensar antes de hablar. A ayudar sin esperar que lo agradezcan. A no usar mis principios como bandera, pero tampoco esconderlos por conveniencia. Muchos no entienden eso. Confunden el carácter con arrogancia, la firmeza con intransigencia. Yo no los culpo. En un país donde la adulación es moneda de cambio, tener dignidad parece una excentricidad. En mi carrera, he preferido perder ascensos antes que perder el respeto. Me han excluido por pensar distinto. Me han relegado por no aplaudir. Me han hecho sentir como si fuera un error. Pero no me arrepiento. Porque dormir con la conciencia limpia vale más que cualquier puesto. He visto cómo los que manipulan el poder destruyen instituciones. Cómo se nombra por lealtad y no por capacidad. Cómo el mérito se convierte en una amenaza. He visto embajadas dirigidas por improvisados. He presenciado el desdén hacia quienes sí se prepararon. Y cada vez que eso pasa, el país pierde. Pero también he vivido momentos que me devuelven la esperanza. Cuando un estudiante me agradece una clase. Cuando un joven me dice que quiere hacer política sin robar. Cuando un amigo me llama sin pedir nada. En esos instantes, siento que vale la pena seguir. Recuerdo los años difíciles, cuando el miedo gobernaba. Cuando disentir era peligroso. Cuando había que medir cada palabra. Yo estuve allí. Yo lo viví. Y por eso me niego a callar ahora. Porque sé lo que cuesta recuperar la voz. Y no pienso perderla por comodidad. He escrito sin micrófonos. He trabajado en silencio. He sembrado donde otros solo destruyen. No necesito reflectores. Me basta con saber que no me traicioné. Ver a mi nieto crecer ha sido una revelación. Hay algo profundamente reparador en su mirada. No sabe de política, ni de corrupción, ni de traiciones. Pero me recuerda que el futuro existe. Que vale la pena luchar por él. Que todo lo que hago, todo lo que escribo, debe tener sentido también para él. A veces me preguntan por qué sigo. Por qué insisto. Por qué no me retiro. Les respondo con una sonrisa. Porque rendirse sería aceptar que ya nada importa. Y yo no estoy listo para eso. Mientras haya una posibilidad de cambiar las cosas, seguiré. He vivido los vaivenes del poder. Lo he visto convertir hombres decentes en tiranos de pasillo. Lo he visto inflar egos hasta deformar almas. Pero también he visto cómo se cae. Cómo lo que hoy parece intocable, mañana es polvo. Por eso nunca me deslumbró. El poder no me impresiona. La coherencia, sí. He tenido pocos amigos, pero buenos. Gente que dice lo que piensa. Que no necesita fingir. Que está cuando no hay nada que ganar. En este país, eso es un milagro. Porque aquí la amistad suele medirse por intereses, no por afectos. Y a esos pocos, les debo mucho. Ellos me sostuvieron cuando otros me dieron la espalda. He asesorado, orientado, corregido, escrito discursos que otros firmaron. No me importa. El país necesita ideas, no nombres. Si mi trabajo ayudó a que algo se hiciera mejor, me doy por satisfecho. No necesito medallas. Me basta con saber que hice lo correcto. Creo en la política. No en la politiquería. En la política como herramienta para servir. No como atajo para enriquecerse. A muchos les molesta esa idea. Les incomoda. Porque saben que no podrían vivir bajo esa regla. Pero yo sí. Y no pienso cambiarla. Este año decidí participar. No como un acto de ambición, sino como un acto de responsabilidad. No busco un puesto. Busco que alguien diga: “Se puede actuar con principios y aun así avanzar”. Y si con eso abro una puerta para otros, ya valió la pena. Rechazo el oportunismo. Me repugnan los que se suben al carro del ganador solo para figurar. Detesto la cobardía disfrazada de estrategia. Aquí nadie quiere quemarse. Todos quieren beneficios sin riesgos. Y eso es exactamente lo que hay que cambiar. Sigo escribiendo. Sigo enseñando. Sigo construyendo. Porque el día que deje de hacerlo, empezaré a morir. Y no pienso darles ese gusto a los que me quisieran fuera del camino. Este manifiesto es un acto de fe. En el país. En la gente decente. En el futuro. Es mi forma de decir: no me vencieron. Aquí estoy. Con sesenta y tres años, con canas y cicatrices, pero con la conciencia limpia. A mis hijas, les dejo este testimonio. No siempre pude darles todo lo que quería. Pero siempre les di lo que tenía: mi ejemplo, mi trabajo, mi palabra. A mi nieto, le dejo mi historia. Para que sepa que hubo una generación que no
Manifiesto literario Claroseísmo.
Toda poética auténtica nace de una experiencia interior que no puede explicarse del todo. No es un descubrimiento ni una invención: es un reconocimiento. Una forma de volver a mirar algo que siempre estuvo ahí, a la espera de una lengua que no lo ahogue, sino que lo acompañe. El Claroseísmo nace de ese gesto: una apertura, un temblor, una grieta en el lenguaje donde la memoria, el silencio y el mundo comienzan a resonar de otra manera. No se trata de un movimiento literario en el sentido convencional. No hay aquí una voluntad de ruptura ni de programa. Tampoco hay una doctrina, ni una consigna, ni una estética cerrada. Hay, más bien, una manera de estar en el lenguaje: sin imponer, sin conquistar, sin adornar. El Claroseísmo no quiere ocupar espacio. Quiere abrirlo. Lo que define a esta poética es su modo de vibrar. Un modo de escribir que no parte de la necesidad de decir, sino de la necesidad de estar. Y estar, en este caso, no implica afirmarse, sino exponerse. Escribir desde la intemperie. Desde un sitio interior que no se protege con certezas, sino que se ofrece al temblor de lo incierto. El Claroseísmo no proclama la claridad. Tampoco se complace en la oscuridad. Busca otra cosa: una zona intermedia donde la luz no cae por completo, pero tampoco se extingue. Una luz suspendida, detenida en el aire, flotando sobre las palabras como si no encontrara tierra firme donde posarse. Esa luz es el corazón del claroseísmo: claridad sin objeto, sin mandato, sin dirección. En ese espacio suspendido, el poema se convierte en un claro. No en el sentido de revelación repentina, sino como un espacio abierto, silencioso, donde las palabras no empujan, sino que se detienen. Un claro entre árboles torcidos, entre memorias antiguas, entre versos que prefieren callar antes que decir de más. Un lugar donde el lenguaje no busca dominar la experiencia, sino dejar que esta se manifieste, sin exigencia. La poesía claroseísta no describe el mundo, tampoco lo representa. Lo observa con una lentitud radical. Y esa lentitud no es pereza ni pasividad: es una forma de respeto. Una forma de mirar sin invadir. De tocar sin poseer. Porque toda palabra, cuando es verdadera, debe ser pronunciada con el cuidado con que se toca una herida. El poeta claroseísta no se sitúa frente al mundo como un testigo privilegiado. Tampoco se alza como portavoz de ninguna verdad. Se instala, más bien, en el borde. En ese lugar donde la experiencia empieza a deshacerse, donde la memoria se confunde con el sueño, donde la presencia se mezcla con la ausencia. Es ahí donde empieza el temblor. Ese temblor es lo que da nombre al Claroseísmo. No un temblor violento, espectacular, sino uno casi invisible: como el que ocurre en la superficie del agua cuando nadie la toca. Un estremecimiento mínimo, íntimo, persistente. Una vibración que no cesa. Un sismo sin catástrofe, pero con hondura. Escribir desde ese temblor exige un desaprendizaje. Hay que renunciar a la voluntad de lucidez, a la obsesión por el sentido, a la necesidad de controlar el poema. El Claroseísmo no construye una arquitectura verbal. No busca estructuras ni ornamentos. Más bien, cava. No levanta, excava. No afirma, sugiere. No concluye, deja abiertos los caminos. Este desaprendizaje comienza en la infancia. No en la infancia biográfica —aunque a veces coincida—, sino en esa zona del alma donde todo aún parece posible, pero nada puede decirse con precisión. Escribir desde la infancia es escribir desde el borde del lenguaje. Es habitar ese espacio en que los objetos aún no tienen nombre, y por eso mismo están más vivos. El Claroseísmo encuentra en la infancia su territorio originario. Allí donde se aprende a temer sin saber por qué. Donde la belleza aparece mezclada con el espanto. Donde la voz aún no sabe lo que dice, pero ya ha comenzado a resonar. Esa infancia no pasa: permanece. No se recuerda: se habita. Es la raíz de todo poema verdadero. El otro gran territorio del Claroseísmo es el pueblo. No como categoría sociológica, ni como nostalgia folclórica. El pueblo aquí es una condensación simbólica: lugar de origen, espacio en el sur, detenido en el tiempo. Es el paisaje que no necesita explicarse. Las calles vacías, los pozos, las ventanas sin vidrio. El pueblo no como lugar donde se vive, sino como lugar donde la memoria se vuelve cuerpo. Y en ese cuerpo resuena también el mar. El mar como límite, como espejo, como frontera de lo inabarcable. No se trata del mar literario, ni del mar que significa libertad o misterio. Es un mar más físico, más emocional. Un mar que está en la piel. Un mar que no se mira, sino que se escucha. Que murmura dentro del poema como una voz antigua que no cesa de llamar. El Claroseísmo recoge estos territorios y los deja hablar sin imponerles significado. Porque todo intento de decir qué significan acaba por cerrarlos. La piedra no representa la memoria. Es la memoria. El árbol no simboliza la vida. Es la vida. El símbolo, en esta poética, no se construye. Se deja emerger. No es instrumento, es aparición. No sirve, resuena. El poeta claroseísta no escribe “sobre” las cosas. Escribe “con” ellas. No traduce su experiencia en palabras, sino que deja que las palabras vivan esa experiencia. El poema no es la expresión de un yo: es un espacio compartido entre el yo y aquello que no puede decirse. Un espacio que se abre cuando el lenguaje se vuelve poroso, vulnerable, disponible. En ese espacio, el silencio ocupa un lugar central. No como fondo, sino como materia activa. El silencio no es lo que queda entre palabras, es lo que las sostiene. El poema no es lo que se dice, sino lo que permanece después. Lo que se instala entre líneas. Lo que resuena cuando ya se ha cerrado el libro. El Claroseísmo escribe desde esa escucha. Desde ese saber callar. Su ritmo es el